martes, 31 de julio de 2007

"Donde la semilla nunca debió ser plantada"

"Obviando lo cómica que fue la creación de este cuento y la situación en que fue terminado, se puede apreciar como uno de los últimos textos que he escrito. En un principio no fue de mi personal adoración, de hecho todavía dudo mucho de él. Pero en fin, aquí está..."

La resonancia desgraciada, que abundante e insoportablemente retumba en mis oídos, es lo que menos me importa. Acá estoy, nuevamente, al igual que todas las noches, perdido dentro de un laberinto con techo y paredes albas, y un fin y principio sin trazar.
Mis pies están rodeados por zapatos con un peso triple al que tendrían unos normales, y mis manos aparentan estar atadas con cadenas intangibles.
Es un sueño recurrente, pero aunque sepa que lo es, no puedo escapar. Al perseguirme cada noche he llegado a pensar que hay algo en él, algo que debo descifrar.
Intento gritar hasta el extremo de destrozar mi garganta, y cuando abro mis ojos, parte de las paredes y suelo presentan manchas de una sangre que no reconozco como la mía.
No consigo oír nada.
Siento que un frío espectral cubre mi ser, rasgando mi piel y adentrándose sin pedir consentimiento. Ya estoy lleno de él.
“No importa”, pensé. “Saldré de aquí tarde o temprano, esto no puede durar para siempre”.
Me acerco a las junturas entre pared y piso, ansiando ver si hay algún indicio de salida. Me encuentro, para mi asombro, con una suciedad tenue y poco perceptible que me entrega una esperanza. “Es una pista”, razoné, “una indicación de que hay una salida. Tiene que haber un lugar por donde entre toda esta mierda.”
Camino, pero mis zapatos, que en cada paso se vuelven más pesados, me impiden continuar. Tomo sus cordones, los desato y procedo a sacarme estos asfixiantes bototos. Están pegados con una fuerza demoníaca; por más que lo intento, no logran zafarse, están fijos. Fuerza y más fuerza es lo que entrego, y a cambio termino con cuatro uñas en el suelo y un dolor de manos poco tolerable. “Es inútil”, afirmé para mis vísceras.
Con un esfuerzo sobrehumano logro avanzar unos pasos, me afirmo con mis dos destrozadas manos en las paredes, y queda en ellas la marca de mi paso, la evidencia de que alguien pasó por allí, alguien que sentía un dolor más real aún que uno proveniente de la realidad misma.
¿Cometí acaso suficientes pecados como para merecer una eternidad tan sórdida?
Comienzo a cuestionarme, dudar, angustiarme. Fijo cada vez con más frecuencia mi vista en aquel pasillo sin fin, intentando llegar a algo, pero más que blanco, no hay nada.
Mi respiración se dispara, convierte cada inhalación en un fenómeno de segundos. Mi corazón comienza a acelerar sus latidos, cada vez más seguidos, cada vez más fuertes. Mis manos, que maltratadas y frías recibieron su castigo por mi torpeza, empiezan a bañarse en un sudor tan húmedo como el vaho invernal. Mi rostro, que adopta menos expresión conforme pasan los segundos, continúa secuenciadamente a abrir sus ojos y a sentir cómo las gotas de sudor que provienen de su cabeza bañan sus facciones, impregnándolo de un olor asqueroso.
Las tercianas comienzan. Mi boca abierta expele saliva. Intento gritar nuevamente, para que alguien me salve de este estado tan patético y perturbador, pero no es posible. Me consuela saber que aunque pudiera gritar, nadie me escucharía.
Escucho pasos tan lejanos que me desespera su lentitud. Son tan calmados y de un sonido tan nítido, que no me extrañaría que fuesen tacos altos de mujer. Siento cómo se acercan, pero mi ataque es más fuerte y evita que yo pueda poner atención a mi entorno.
Veo el rostro sonriente de mi único amor. Era tan perfecta. Pero no puedo describirla así, debo dar detalles.
Sobre sus hombros y rostro caía una inmaculada cabellera rubia, con un olor tan único y delicioso que jamás olvidaré. Sus ojos no eran tímidos, sino inquisidores, penetrantes. Su nariz parecía tallada por un profesional del oficio, respingada y blanquísima. Sus labios, por último, adornaban con su delgadez a un rostro esquelético e imponente, demasiado bello para mis ojos.
Iba saliendo del gran edificio gris que yace al costado de mi trabajo. Solía observarla cada día con un afán que buscaba nada más que admirarla. Amaba su traje de oficinista, tan pulcro y elegante, tan femenino. Sin embargo, haciéndole honor a su oculto y consciente título de diva, me miraba con desprecio. Claro, todos la observaban de esa manera, así que yo pasaba a ser un simple número más que haría aumentar la suma de babosos seres.
Me frustraba, y perpetraba incluso en mis sueños. Imaginaba en mis noches eternas de cavilación cuánto podría amarla. Podía comenzar por acariciar sus lechosas y suaves mejillas, luego besar sus despampanantes ojos verdes y simultáneamente jugar con su cabello. Para terminar así desprendiéndola de sus inútiles vestimentas. Después, la tomaría por ambas muñecas, arrojándola hacia atrás en una inmensa cama, un catre destinado a ser partícipe de nuestra coalición maestra de amor.
Me empaparía con su aliento y con su saliva, y su mirada me violaría sin siquiera tocarla. Ella pasaría por alto todos mis defectos y se enfocaría en mis virtudes.
Sería la mujer con la que llegaría al altar, pensaba. La imaginaba con su caminar solemne, agarrada del hombro de su padre, deliciosamente preparada para ser la mujer más feliz del mundo. “Acepto”, gritaría. “¡Acepto ser la mujer de este hombre maravilloso!”
Tendríamos un hogar repleto de amor y rebalsado de niños, con un suelo cubierto de innumerables juguetes. Envejeceríamos juntos, sería ella a quien yo le entregaría mi virginidad y a quien le prometería mi más profunda fidelidad.
Gritaría en las noches sin ella, rogaría por sus masajes. Lloraría junto a mis hijos cuando ella muera, dejaría cada martes una rosa en su lápida, y sería en ella donde yo, abatido por su ausencia, moriría.
Y así, comencé cada tarde a observarla, hasta que un día cualquiera me acerqué a hablarle. La invité a un café y ella al aceptar me hizo sentir como nunca antes lo había hecho. Reímos, comentamos hechos en común e incluso compartimos nuestros grupos musicales. Nos encantaba el jazz. Lamentablemente la hora siguió su curso y tuvo que retirarse excusándose en que entraba a trabajar el otro día a las ocho en punto. Sin embargo, besos y caricias fueron manifestados en ese día hermoso de conocimiento mutuo.
Camino a mi casa me di cuenta que no le había pedido su teléfono, ni su dirección, y menos su estado civil.
Fue extraño, ciertamente extraño. Pero salí, decidido a hallarla.
Recorrí calles que mi mente ignoraba e incluso me sentí perdido. Sin embargo, estaba haciendo todo esto por un fin mayor, el fin de mi vida.
Llegué sin darme cuenta a una cafetería que bordeaba la carretera. Cansado y con una decepción inmesurable, pedí un capuchino.
Giré, aún alerta, buscándola, y fue ella quien me encontró a mí. Me miró, claro, era sospechoso verme en una cafetería lejísimos de la civilización y que yo, paradójicamente, vistiera una chaqueta negra con gorro y guantes de cuero.
En fin, tuve que aguantar la cólera. No podía entregarme a todas las emociones que sentía, ya que de haberlo hecho, hubiese liquidado al ser que se me pusiera por delante.
Esperé paciente, oliendo el exquisito café que tenía en frente y consumiendo cuanto cigarro hallaba en mi cajetilla.
Terminó por levantarse, y con su cartera y novio se retiró. No pude evitar seguirles.
Era una noche estrellada, no había una sola nube en aquel cielo tan perfectamente gris. El ambiente vomitaba un frío seco y traicionero, más aún en ese estacionamiento de piedras y paredes destrozadas.
La escuché reír. Se notaba que no tenía noción de cuánto podría reír a mi lado, de cuán feliz podría hacerla. Para mi suerte, mi traje me jugó a favor en aquella oscuridad, me convertí en un ser imperceptible.
Llegaron a su auto, y yo, silenciosamente, desenvainé mi nueva navaja. Ella no podía prestarse para esos juegos imbéciles de citas, en los que podía arriesgar su inmaculado cuerpo. No, yo no lo permitiría. Era la mujer de mi vida, y no podía arriesgarse a ser dañada.
Ese hombre, con su mirada seudo-enamorada y sus chistes de romántico barato no engañaba a nadie. Era claro, quería tan sólo follarla.
Me acerqué por detrás, con mi hombro rodeé su cuello y disfruté rajar su boca. Pero eso no le iba a causar la muerte, lo que significó que no bastaba. Mientras tanto, ella gritaba a mi lado frases como: suéltalo, imbécil. Pero yo sabía que terminaría amándome.
Lo apuñalé hasta sentir que un cansancio había terminado por matar la fuerza de mis brazos. Tiré la navaja y corrí tan rápido como pude.
Salté una verja aledaña al estacionamiento, y desde ahí observé, nervioso, toda la escena que estaría por desarrollarse.
Ella llorando, la mujer desvalida que en sus brazos albergaba al hombre de sus sueños. Los carabineros, con sus linternas, trajes verdes y frases empaquetadas. Y los médicos, con sus artilugios de profesionales inspeccionando el cadáver.
Entre sollozos y gritos de angustia logré distinguir su dirección, y supe que, nuevamente, tendría que ir tras ella. Era mi objetivo, no la dejaría ir.

Esa noche, como era habitual, no pude concebir el sueño. Daba nerviosas vueltas por mi cama, intentando figurar una manera, una obra maestra, para conseguir que aquella mujer llegase a ser mía.
La mañana siguiente, ¡oh, qué grandiosa mañana!
Había despertado con el ánimo renovadísimo, listo para ir en busca de mi amada.
Ordené mi inmunda habitación tarareando una canción que había escuchado días atrás en la radio. Al finalizar, me vestí con el mejor traje que tenía, junté mi dinero y partí a la joyería más cercana.
No podía ser cualquier anillo el que usara mi damisela en apuros, no. Tenía que ser uno de características magistrales, con brillos sobrios y una elegancia digna de su uso. Y en efecto así fue, y fue también la primera vez que sentí que gastar un millón de pesos en una joya valía la pena.
Me dirigí, entonces, al edificio ubicado en Av. Libertador Bernardo O’Higgins, más conocida como Alameda, en busca de la mano de mi amada. Llegué, furtivo y despejado de cualquier pensamiento pesimista, al departamento de mi musa. Toqué incontables veces, recibiendo tan sólo al silencio como respuesta.
Después de unos minutos escuché un grito “¡Ya voy!”. Me acomodé acorde a la situación, hincándome y abriendo la diminuta caja que contenía el anillo. Sentí que mis manos eran cubiertas por un sudor pegajoso que demostraba mi nerviosismo, y mis ojos miraban fijos al suelo, sí, estaba avergonzado. Era una situación incómoda, pero necesaria.
Salió con la dignidad de una viuda, demacrada pero sensual. Preguntó qué era lo que yo quería, por qué estaba en esa posición, como pidiéndole que fuera mi novia, a lo que respondí:

- Es eso lo que quiero, amor mío. Que seas mi novia y seamos ambos los partícipes de una ceremonia celestial, nuestra ceremonia celestial.

Bajo el embrujo espiritual de la incertidumbre me miró, hacia abajo, derramando cristalinas y amargas lágrimas de decepción. No había hecho lo correcto, terminé reprochándome todos los actos en los que había participado. Especialmente los últimos en que quise armar una realidad imposible.
Me paré y la miré directamente a los ojos, ella escrutó mi mirada y en un susurro casi imperceptible dijo, temblando: Fuiste tú ¡Fuiste tú!
Lo sabía, iba a empezar a gritar, pero no se lo permití. Tapé sus exquisitos labios y la arrojé dentro del departamento, cerrando tras de mi la horrible y alba puerta. Pataleó, me escupió y finalmente me ayudó a comprender que ella no podría amarme, no en esta vida. En ese caso, pensé para mí con una maliciosa sonrisa, será en la otra.
Tomé un jarro de cristal precioso de la mesa del comedor y lo destrocé en su cara, destruyendo todas las facciones que me habían enamorado. Ya no existía en este mundo el aliento que me sustentaba felicidad, nunca más escucharía esas palabras mortíferas de fémina demacrada. No, ella ya no estaba viva y nunca más se podría manifestar.

Continúo aquí, en este pasillo donde el tiempo se deforma y pierde su vida, donde yo pierdo mi identidad y mi vida.
Volviendo a lo anterior, ella me miró, y en vez de ayudarme a liberarme de esta patética pose, caminó por sobre mi cuerpo, pisando mi espalda con esos tacos punta de aguja que tanto me gustaban.
Ahora siento pasos provenientes del otro extremo del pasillo. Esta vez no eran femeninos, sino de una masculinidad cruda y terrible. No dudé, eran los pasos de la segunda víctima, la última y más importante. A diferencia de la primera, a él lo conocí de toda mi vida.
Había sido partícipe imprescindible en mi educación y formación desde pequeño, él fue el primero en mostrarme cuán asquerosa podía llegar a ser la realidad. Mi dulce y odiado progenitor.
Desde el suelo puedo imaginar el arsenal de frases despectivas que debe traer con él. Creo que, aún después de muerto, guarda un rencor acérrimo hacia mí por haber sido quién destrozó su sueño americano.
Cuando todo ocurrió todavía podía sentir la transparente inocencia correr dentro de mis venas. En esa remota época dejaba las tardes pasar, recostado en mi cama e imaginando qué futuro me esperaba. Mi madre llegaba a las siete, y mi padre a las nueve.
La mañana anterior al día en que mi padre comenzó a odiarme había avisado que me ausentaría a la once de la tarde, ya que tenía que hacer un trabajo de matemáticas en la casa de un amigo. Perfecto, me dijeron. Le pidieron a la nana que se fuera temprano y cada uno siguió haciendo su vida.
Mi amigo, por problemas de salud, me pidió ese día en la escuela que por favor hiciéramos el trabajo al otro día. Ningún problema, le dije, yo me iré a mi casa entonces.
Llegué como todas las tardes a mi hogar, pero me percaté de que algo no encajaba. El auto de mi padre todavía estaba afuera. Me extrañó, aunque no lo suficiente. Entré, dejé mi bolso en el sillón y fui tranquilamente a su habitación, pensando que podía haber enfermado y que por esa razón se había ausentado al trabajo.
Ja, pienso ahora. ¡Qué inocente fui!
Al abrir la puerta encontré escondido entre un ambiente de gritos, humo y humedad a mi padre, en los brazos de una nauseabunda cortesana que a su vez era la secretaria de la empresa.
Enmudecí, y gracias a eso él no percibió mi aparición. Tomé mis cosas y corrí como pude al local de mi madre. Ni siquiera toqué la puerta, entré y al verla entre los accesorios que vendía me dirigí a ella.

- Mamá. El papá está con otra mujer, en la pieza, no fue a trabajar. Estaba encima de él, y la pieza olía a algo así como caca de caballo –le dije.
- Amor, quédate aquí. Yo iré a ver qué es lo que pasa.

Y partió, decidida, a encarar a su marido infiel y descarado. Ahora creo que ella tuvo las razones suficientes, o sea, pensándolo bien, fue una excelente mujer, fiel y sacrificada; mientras que él se revolcaba en la cama matrimonial con una mujer que definitivamente no era su esposa.
El divorcio fue inmediato. Y yo, desde ahí, viví solamente con mi madre.
Mi padre solía ir a buscarme todos los domingos, hasta que un día le dije que había sido yo quien le dijo a mi madre sobre la secretaria.

- Así que tú fuiste, pendejo de mierda. ¡Ándate de aquí! Sanguijuela asquerosa, eres igual a tu madre.

Nunca más, hasta el día final, volví a verlo. Años después, el asesinato de mi amada me había vuelto un ser frío, sin anhelos ni esperanzas. Sentí en ese momento que no tenía razones para vivir, excepto la venganza. Y si esa era mi razón de vivir, había una pieza que faltaba, su muerte, la muerte del hombre que había jodido cada uno de mis pensamientos, que me había restregado en el rostro que la felicidad era un sueño tan poco realizable como volar o convertirse en un ser inmortal.
Quería para él una muerte magistral, con un redoble de tambores y millones de aplausos de espectadores aledaños. Sí, quise hacerlo público.
Él había robado mis ilusiones destruyendo mi capacidad de amar hasta el fin de los días. Y yo, inocente, me había aferrado a ellas con un fervor casi omnipotente, un fervor capaz de todo.
Tenía la convicción de que no le daría en el gusto, encontraría mi destino junto a una bella mujer que me amase hasta el fin. Haría que todas mis visiones torcidas tuvieran un propósito, y el mío era éste, la estabilidad matrimonial.
Recuerdo que fui a buscarlo una noche, una noche bañada en una humedad pegajosa que impregnaba en mí su hedor. Salía de su trabajo, de aquel edificio al que años atrás se había ausentado por razones de fuerza mayor, razones de neta y repugnante necesidad sexual.
No era el mismo hombre que había visto con rencor todos estos días; estaba viejo, demacrado por los infinitos años que separaban ambos hechos. Su cabellera ya no tenía su tono azabache, había sido reemplazado casi completo por el color blanco de las canas. Su rostro se había arrugado al igual que una bola de papel al ser abierta. Se veía incluso tierno, pero yo no lo miraba con esos ojos.
La noche anterior había planeado todo. Armé, con hilo curado y dos manoplas que usaba en mis años rebeldes, un artefacto lo suficientemente peligroso como para que yo al usarlo saliese lastimado. Después de verlo muerto, nada más me importaría, así que eso no tenía mayor relevancia.
Lo seguí unas cuantas cuadras a una distancia tan discreta que parecía despistada. No quería por ningún motivo que su muerte fuese desapercibida, así que, al primer cruce de calle, lo abordé por detrás, rasgando su cuello y derramando en las calles aquel elixir carmesí que tanto ansiaba ver.
Al igual que en las peleas callejeras fuimos rodeados por espectadores shockeados y encantados. Me sentí algo así como importante, había entregado algo de interés a sus vidas.
Sin embargo, uno de ellos era un carabinero. Me tomó sin yo percatarme y solamente alcancé a causarle un rasguño en su ceño. Por lo menos me recordaría de por vida, pensaba.
Desde allí, hasta este momento, más que rejas, soledad y juicios no existió nada en mi vida.
Y aquí estoy, con esos recuerdos difusos.
La espera ha terminado. Pude percibir la calma antes de la tormenta, un silencio que reina en el ambiente posterior a la pasada de mi padre por mi espalda, pasada que tuvo un estilo similar al de mi amada. Me siento rodeado de cercos eléctricos que queman mi piel, tiemblo, y mi nariz degusta un olor parecido al de un asado de carne de vacuno.
Siento aplausos a mi alrededor, y recuerdo, en mis últimos minutos de vida, una frase que escuché hace cinco minutos y no había procesado.

- Hernán Javier Piazzolla Portigliati, en vista de que has sido hallado culpable de tres homicidios premeditados a través de una corte honorable, será aquí, en la silla que ahora está debajo tuyo, donde perecerás. Ahora el padre te absolverá para que así entres, perdonado, al reino del señor.

Lo último que puedo ver es a una audiencia de unas cien personas, y a unas ochenta de ellas mirándome fijamente. Intento esbozar una sonrisa, después de todo había sido un imbécil. Pensé que dedicando mi vida al amor ella cobraría sentido, pero solamente le dio protagonismo a la venganza. Es increíble, pero en mi último suspiro susurro: "No me arrepiento".

¿Por dónde comenzar?

De antemano agradezco los comentarios. Para los no me conocen haré una pequeña presentación.
Soy un intento inmaduro y precario de escritor, por lo tanto es menester para mí que los visitantes critiquen constructivamente y de manera incisiva lo que aquí sea publicado, obviamente con las razones y especificaciones pertinentes. Quienes ataquen porque sí lo publicado serán sancionados debidamente (suena tan bien decir eso xD).
Espero comentarios interesantes y críticas fundamentadas.
Saludos a los visitantes conocidos, y a los no conocidos, les digo bienvenidos.