lunes, 20 de agosto de 2007

"Todo con naturalidad"

"Este texto comenzó como un capítulo de mi súper proyecto de libro, un texto de carácter autobiográfico con matices de ficción, tales como situaciones exageradas o personajes ficticios. Esta era una de las exageraciones del personaje principal. Pero, como casi todos los textos lo hacen, se deformó hasta terminar como lo que ven acá. Sigo el consejo de Skármeta, hay que dejar al lápiz fluir, y a las ideas también..."

A este extremo de la línea, una línea extensa y de un rojo profundo, hay que hablar sobre la deidad fanstamal que estremece nuestros cuerpos, envolviéndolos con un temblor húmedo, penetrante y punzante, excitantemente peligroso y con un poder psicológico sin igual.
La calma antes de la tormenta, la tormenta y la negación; expresiones sexuales completamente normales e ilusiones que nos compenetran subiéndonos a un edificio y después, lanzándonos de él. Y lo que sigue a esta sucesión de hechos, las dos posibles reacciones: el abrazo dulcemente esperado que sellaría el acto como una expresión de amor anhelada, o el asco y la distancia que aparece bajo nuestros pies, destruyendo nuestro suelo y abriéndolo.
Podemos ver al orgasmo como a una montaña rusa cuyo esplendor y duración no excede los segundos. Se puede conseguir con cualquiera, pero la intensidad, impacto y duración de éste depende directamente de quien es nuestro co-protagonista en el acto, y también del lugar en el que se desenvuelva. Sí, también contiene factores psicológicos.
Abandonarnos y dejarnos llevar por este deleite y pecado terrenal –pecado por decirle de una manera que resalte al carmesí pasión como color representante- es una reacción de lo más normal, o por lo menos eso he observado en esta sociedad y más incisivamente en esta juventud enamorada y adormecida por los fáciles placeres. La falta de fe en la reacción químico/psicológica conocida bajo el nombre de amor, o la decepción de ésta misma impulsa a la mayoría de individuos al “sexo casual”, un edén, una isla que al comienzo del acto se construye y muestra iluminada por un sol amarillo brillante, cubierta por una arena exquisita y exhibiendo altísimas palmeras con cocos –todo un paraíso Kem-. Pero, al finalizar el acto, el sol se vuelve tan violento y abrasador que quemando las palmeras, ebullicionando el agua marítima que rodea la isla y quemando la arena destruye el ensueño que tan brevemente se puede visitar. Lamentablemente, nada es para siempre.
Aunque también, para el ojo repleto de moralidad represiva: “felizmente”, habemos quienes consideramos al orgasmo como la cumbre, la punta, el último piso de un edificio que consta de plataformas de realización amorosa –al más puro estilo de Duro de Matar-.
El sexo, entonces, sería una plataforma a la que cuesta llegar, ya que, para el enamorado crónico la situación debe ser apta para el coito amoroso, y no ser un baño o la pieza de los padres de un amigo permisivo, porque de ser así, pasaría a ser un mero acto sexual. Emh, no, eso no es cierto a decir verdad, pero sonó tan bonito que no pude evitar ponerlo.
La realidad es que dentro de una relación estable y repleta de amor incondicional y de promesas, pueden haber instancias propicias para la rienda suelta al amor, y allí, sin duda, se daría la coalición amorosa. Sin embargo también hay días en que uno de los dos tiene la necesidad imperiosa de copular, y no por eso dejará de ser un acto de amor. Son demostraciones pasionales, de una arrebatadora sensación de calor capaz de electrificarte el cuerpo, y éstas deben ser vividas a concho.
Sea como sea, el sexo será hermoso, y nunca se verá como a un mal acto, siempre y cuando sea con el consentimiento de ambos lados.

domingo, 19 de agosto de 2007

"Corriente de la Inconsciencia"

"Cuento con el que gané el interescolar de cuentos. Con los textos que he subido todos creerán que soy un asesino en serie, pero no es cierto. Lo subo por lo importante que es para mí, me ayudó a creer en mis capacidades, y casi me provoca un infarto al enterarme de que había ganado..."

Poca nitidez, borrosidad, sueño. Sensaciones que exprimen mi mente, mientras que la vista, fija en el suelo de este templo de conocimientos básicos, tan solo reconoce azulejos.
Hace un minuto que entregué una prueba deficiente, una vez más. Cuando llamé a la concentración e intentaba inventar contenidos, no conseguía obviar el recuerdo de los gritos penetrantes que, invisibles, pero profundamente presentes y dañinos, salían de la pieza de mis padres y atravesaban las paredes huecas de mi habitación. Ésta era la razón por la que, naturalmente, no pude estudiar.
Continúo examinando el suelo. Hay mochilas arrinconadas y contiguas a cada banco, pertenecientes a los personajes que adornan mi atormentada existencia. Frente a mí, una pelirroja poseedora de un desplante físico impresionante, pero carente de neuronas. Se podría fácilmente describir como una preciosa caja de oro forjado por los mejores artesanos del mundo, pero con un interior vacío y harapiento.
Los tenues susurros, de eruditos, comentando el examen, me desconcentran y provocan un malestar indescriptible, y el silente deseo, sí, deseo, de hurtar todas esas guías, que cuidadosamente estudian, para quemarlas, con el fin de ver sus rostros, de desesperación, de odio, hacia mí.
El timbre suena con la idéntica monotonía que cada año me hace sentir más miserable, más esclavo de las costumbres. Tomo mi celular, absorto, y espero ver alguna llamada o mensaje. Como siempre, no hay nada.
No me desespero. En cambio, camino tranquilamente hacia la puerta, salgo y dejo que la luz me traspase, me viole, de la misma manera que lo hace cada perniciosa mañana.
A pesar de mi frialdad y distancia características, no niego que los niños me enternecen. Para mi relajo, el patio está lleno de ellos. Corren, saltan y juegan, completamente ajenos a lo que los rodea, a la asquerosidad de los seres aledaños. Disfrutan el estar inmersos en su inocencia, en el dulce y tranquilo mar sobre el que se alza un cielo despejado de color celeste profundo, no como el mío, que es presa de las peores tempestades y vive bajo un cielo gris cubierto de negras y violentas nubes.
Muchos de estos niños ya me conocen. Suelen verme cada tarde que descanso frente a ellos, mientras disfruto el ver lo que nunca pude ser, lo que me fue prohibido desde un principio… ser un niño.
Agradezco, sin embargo, el no ser parte de esas masas que a mis espaldas, aparentemente felices y ocultos bajo tristes y trizadas máscaras, juegan a ser grandes guiados por superficiales infantilismos.
El sol comienza a arder en mi piel, que aunque cubierta del bloqueador con máximo factor, es presa de los rayos que me comienzan a ultrajar desde que me expongo a ellos.
Al dar por finalizado mi ritual diario, cojo mis cosas y me retiro del recinto.
Las calles que rodean el establecimiento son objeto de mi máxima admiración. Las surcan verdes y altos árboles de distinta especie, que entre jardines dan una sombra ejemplar y perfecta, de esas que llaman a acompañarlas.
Los frívolos transeúntes continúan su camino, presos de torres de papel impresas con órdenes sin sentido, del deber impuesto e inconsistente, del deber al que los somete el dinero. No es que lo critique, no. Al contrario, me declaro como un amante de los papeles verdes con valor. Pero no son un objetivo en mi vida, sino un mediador entre mis necesidades y yo, un premio a mis esfuerzos.
Practico una de mis tantas costumbres, fijar mi vista en la vereda y evitar las uniones entre cuadrados, pisando siempre el centro de éstos. Al quinto paso, encogido de hombros y temblando, caigo sobre mí mismo y entonando el himno del sufrimiento, diviso por última vez el cielo azul que me protege y me viola, todo a un tiempo.
Al despertar, las horas transcurridas han mutado el agua con que me bañaba por una ducha desconocida, una ducha teléfono que musita órdenes a través del vapor. Tomo la toalla, me visto y sé con claridad lo que tengo que hacer.
Cubierto de la sensación característica del despertar, camino hacia la puerta, observando cuán familiar me es esta escena. Los mismos cuadros, alfombra y muebles que alguna vez visité en mis sueños. Recuerdo mi bolso, antes de irme, lo tomo y lo llevo conmigo.
El sol está por salir. Es temprano, demasiado temprano para mí.
Cierro la gran puerta a mis espaldas, y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro en la esquina de mi escuela, todavía vacía por la hora.
Entro con la calma habitual. Los pasillos se ven apacibles, tranquilos. No son los mismos en los que lloro desconsoladamente al percatarme de mi soledad. Son otros, más grandes y serios, más reales… Sí, ¡esta vez son reales!
Subo por las escaleras y miro hacia todos lados en busca de algún testigo de ésta, mi nueva realidad. Me adentro en mi aula. Vacía, como la escuela entera. Expectante y ansiosa, así la veo. Quiere recibir a los 43 alumnos que diariamente la maltratan, admite su masoquismo, y lo transmite a través de sus paredes.
Me siento. Los escritos en corrector del banco arruinan la escena, lo vuelven vulgar y patético, lo hacen parecer común, y es todo menos eso.
Me parece escuchar en este instante los gritos que, en otro tiempo, me decían: Damián, eres un imbécil. ¡Damián, despierta! Oye imbécil, ¿qué miras?... ¿Acaso no tienes amigos? Y yo, acostumbrado a tales exclamaciones, me hundía cada vez más en mis estudios y mi música, y ponía en ellos la esperanza de encontrar la salida de este antro.
Miro mi reloj, son las 7:25. Escucho los primeros pasos del día, me parecen conocidos, como si en estos 12 años de martirio se hubiesen vuelto familiares. Era él, el imbécil de siempre, aquel intento frustrado de celebridad.
Una vez más, como es rutina, se dirige hacia mí, diciendo: A veces me pregunto si te entregaron cariño en tu casa. Hoy llegué temprano solo porque hay examen, pero no me extraña en absoluto que sea ésta tu costumbre.
Siento que la cólera me abrasa. La ira viaja rápido por cada vena de mi desgastado cuerpo, y, por fin, alzado por el coraje, abro mi bolso y extraigo la automática que allí hay, casi por un impulso mecánico.
El tiempo parece detenerse. Apunto hacia él, y aunque no lo crean, considero incluso decir unas palabras, pero no le daría el gusto de saber razones, creo que las tiene claras. Aprieto el gatillo y las pálidas paredes se tiñen con el vino avinagrado que corría por sus venas, uno de los tantos que embriaga mi existir de aflicción.
- Damián ¡Despierta!
Y acá estoy ahora, rodeado de doctores hablándome de un desmayo… en el patio, donde los niños juegan. No sé bien qué me sucedió, pero si algo tengo claro, es lo que haré al salir de esta consulta.