"Este texto comenzó como un capítulo de mi súper proyecto de libro, un texto de carácter autobiográfico con matices de ficción, tales como situaciones exageradas o personajes ficticios. Esta era una de las exageraciones del personaje principal. Pero, como casi todos los textos lo hacen, se deformó hasta terminar como lo que ven acá. Sigo el consejo de Skármeta, hay que dejar al lápiz fluir, y a las ideas también..."A este extremo de la línea, una línea extensa y de un rojo profundo, hay que hablar sobre la deidad fanstamal que estremece nuestros cuerpos, envolviéndolos con un temblor húmedo, penetrante y punzante, excitantemente peligroso y con un poder psicológico sin igual.
La calma antes de la tormenta, la tormenta y la negación; expresiones sexuales completamente normales e ilusiones que nos compenetran subiéndonos a un edificio y después, lanzándonos de él. Y lo que sigue a esta sucesión de hechos, las dos posibles reacciones: el abrazo dulcemente esperado que sellaría el acto como una expresión de amor anhelada, o el asco y la distancia que aparece bajo nuestros pies, destruyendo nuestro suelo y abriéndolo.
Podemos ver al orgasmo como a una montaña rusa cuyo esplendor y duración no excede los segundos. Se puede conseguir con cualquiera, pero la intensidad, impacto y duración de éste depende directamente de quien es nuestro co-protagonista en el acto, y también del lugar en el que se desenvuelva. Sí, también contiene factores psicológicos.
Abandonarnos y dejarnos llevar por este deleite y pecado terrenal –pecado por decirle de una manera que resalte al carmesí pasión como color representante- es una reacción de lo más normal, o por lo menos eso he observado en esta sociedad y más incisivamente en esta juventud enamorada y adormecida por los fáciles placeres. La falta de fe en la reacción químico/psicológica conocida bajo el nombre de amor, o la decepción de ésta misma impulsa a la mayoría de individuos al “sexo casual”, un edén, una isla que al comienzo del acto se construye y muestra iluminada por un sol amarillo brillante, cubierta por una arena exquisita y exhibiendo altísimas palmeras con cocos –todo un paraíso Kem-. Pero, al finalizar el acto, el sol se vuelve tan violento y abrasador que quemando las palmeras, ebullicionando el agua marítima que rodea la isla y quemando la arena destruye el ensueño que tan brevemente se puede visitar. Lamentablemente, nada es para siempre.
Aunque también, para el ojo repleto de moralidad represiva: “felizmente”, habemos quienes consideramos al orgasmo como la cumbre, la punta, el último piso de un edificio que consta de plataformas de realización amorosa –al más puro estilo de Duro de Matar-.
El sexo, entonces, sería una plataforma a la que cuesta llegar, ya que, para el enamorado crónico la situación debe ser apta para el coito amoroso, y no ser un baño o la pieza de los padres de un amigo permisivo, porque de ser así, pasaría a ser un mero acto sexual. Emh, no, eso no es cierto a decir verdad, pero sonó tan bonito que no pude evitar ponerlo.
La realidad es que dentro de una relación estable y repleta de amor incondicional y de promesas, pueden haber instancias propicias para la rienda suelta al amor, y allí, sin duda, se daría la coalición amorosa. Sin embargo también hay días en que uno de los dos tiene la necesidad imperiosa de copular, y no por eso dejará de ser un acto de amor. Son demostraciones pasionales, de una arrebatadora sensación de calor capaz de electrificarte el cuerpo, y éstas deben ser vividas a concho.
Sea como sea, el sexo será hermoso, y nunca se verá como a un mal acto, siempre y cuando sea con el consentimiento de ambos lados.

