lunes, 24 de diciembre de 2007

"Un real cuento navideño"

"Mi contribución al espíritu navideño..."

Francisco estaba acongojado. Él era padre de tres niños: Pablo de cinco años, Roberto de ocho y Maximiliano de diez. Su aflicción se debía a que el mayor de sus hijos, Maximiliano, había visto en la televisión un comercial que dejaba entrever que el Viejito Pascuero no existía. La tarde de navidad, ya cansado de pensar en una respuesta, Maximiliano se dirigió a su padre y le preguntó si el Viejito existía.
- Emh… -Francisco tartamudeaba, no sabía qué responder. Claro que existe, mira, llamemos a tu mamá.
Él siempre estuvo en desacuerdo con la idea de que le dijeran a sus hijos que existía el Viejito Pascuero. No consideraba necesaria la mentira, de hecho, siempre decía que era un potencial sufrimiento para un niño en plena inocencia. Pero su señora, Paulina, le replicaba que no era posible, porque todos los niños del curso iban a estar encantados con la mágica ilusión navideña, y si alguno de ellos no creía, todos se iban a contagiar con la verdad y la navidad iba a terminar siendo un fiasco. Así que, obligadamente, Francisco tenía que sumarse a la gran masa de padres que inculcaban en sus hijos lo que, según él, era un potencial sufrimiento.
Paulina llegó hasta Francisco y Maximiliano, los sentó en la mesa y les preguntó qué era lo que ocurría. Francisco le explicó a Paulina que Maximiliano había visto en la televisión un comercial que desmentía lo que ellos llevaban años, como matrimonio, afirmando. Paulina, ya cansada con la ardua tarea de preparar la cena, se llevó las manos a la cabeza y sentenció, firme como un roble:
- Mira, Maximiliano. Me cuesta un poco explicarte esto, pero te lo diré así: es una costumbre mundial que, en las noches del 24 de diciembre, se celebre el nacimiento de Cristo. Con el paso del tiempo esta celebración se fue modificando y se comenzó a utilizar como una excusa para intercambiar regalos con el fin de dar felicidad a quienes los reciben. La verdad es que no sé por qué inventaron el tema del Viejito Pascuero. Debe ser una leyenda que la gente se encargó de patentar. No lo sé, la verdad. Pero tienes que entender que, por el bien de tus hermanos, el secreto debe quedar entre nosotros tres. Todavía les quedan años en que la ilusión y la fantasía les llenarán los corazones, así que tú, por favor, debes quedarte callado.
- Sí, mamá. Aunque creo que es mejor una verdad dolorosa que una mentira agradable. Cuando tenga a mis hijos no les mentiré –dijo seriamente Maximiliano.
Paulina miró sonriente a Francisco, le dio un beso en la frente a Maximiliano y se fue. Al ver a su madre irse, Maximiliano le confesó a su padre que había visto el comercial junto a todos sus hermanos. Francisco, todavía acongojado con la situación, no supo qué decir. La verdad es que aquello le daba lo mismo, pero la idea de ver a sus hijos llorar le partía el corazón y lo empujaba a seguir mintiendo. Le pidió a Maximiliano que llamara a sus hermanos para explicarles. Maximiliano asintió, con mala cara, y fue en busca de ellos.
Pablo y Roberto llegaron algo taciturnos. Francisco, intentando levantarles el ánimo, les dio a cada uno un pedazo de sus respectivos chocolates favoritos.
- Para que se endulcen la vida –dijo Francisco.
Francisco no sabía por dónde comenzar. Les habló de las navidades que había vivido cuando era niño, de los colosales regalos que le habían llegado y del país en que nació. Después de casi una hora de desviarse del tema, Francisco encaró su miedo y les dijo:
- Chicos. Siento decirles esto, pero el Viejito Pascuero no existe. Les mentimos, espero que nos perdonen.
Pablo y Roberto se miraron, y en un dos por tres se largaron a reir. Fueron a abrazar a su padre y le dijeron que siempre lo habían sabido, porque hace años, en una búsqueda sin fin, encontraron los regalos escondidos en el closet de su madre. Lo conversaron con una profesora del colegio y ella les dijo que alimentar la mentira sobre la existencia del Viejito Pascuero era una manera de expresar amor hacia ellos. Entonces, los tres hermanos, se juntaron para ver hasta dónde llegaba la farsa, porque así averiguarían cuánto los querían.
Paulina llamó a todos a cenar, y en un esfuerzo por alimentar la destruida ilusión de sus niños, había contratado a un Viejito Pascuero para que se sentara la mesa con ellos. Los tres niños junto a su padre rieron, a lo que Maximiliano, el más incrédulo de todos, dijo:
- Pobre caballero. Que se saque esa peluca ridícula y se siente a la mesa como la gente normal. ¿Necesitamos una mentira piadosa para pasar una buena navidad, o basta con cenar y conversar de la vida? Creo que todos sabemos cuál es la mejor opción…

sábado, 22 de diciembre de 2007

"Idealización"

"Texto antiguo..."

Si el mundo fuese un lugar ficticio de instancias irreales y personalidades modificables teniendo su creación y proceso dentro de mi mente, sería esta la más grande, hábil y aún más perfecta que Dios, ya que creó tu semblante y preciosos ojos penetrantes. Parte de mis creaciones mentales serían llevadas a cabo por un pincel de cerdas manufacturadas con el objetivo de traer a la vida tu belleza y que después del arduo trabajo de darte vida, morirían cansadas por haber sido las responsables de tan hermoso hecho…

miércoles, 19 de diciembre de 2007

"Celeste, naranjo, gris y negro"

"¿Cuántos atardeceres me quedarán para sentar cabeza?"

Si me limitase a ver al anochecer como una sucesión tan frívola de colores, estaría perdido y seguramente no tendría nada más entre las manos. Estaría incluso más perdido que ahora, ya que con cada anochecer mi apuesta por la vida aumenta, como también aumenta la cantidad de gramos de esperanza que me quedan y que terminan antes del anochecer del día siguiente como un montón de papeles quemados para después volver a formarse con el desplante de colores que antecede a la noche y constituir este maldito círculo vicioso que me mantiene en pie convenciéndome de un futuro mejor que finalmente no llega.
Es una costumbre que se asemeja a las antiguas letanías religiosas que de tanto aburrir dejaban en los recitadores y oyentes un resabio de escarmiento que les permitía vivir tranquilos, pues las sentían como un castigo y por lo tanto también como un pago por sus pecados. Miles serían las letanías que tendría que recitar si quisiera una absolución de este tipo, pero no es el caso, puesto que sé fehacientemente que aquello no me entregaría la paz que necesito; mis letanías son de otra índole, una mucho más dolorosa y satisfactoria que la que ahora cito.
Es una lástima que mi salud mental dependa de un mecanismo tan desgastador como este. Desearía una salida alternativa, aunque tenga la segurdad del vacío que dejaría dentro de mí y el sabor de haber dejado de ser yo… una vez más.
Me resigno a seguir siendo un ser que deseoso de quitarle el sufrimiento a los demás procura dentro de su inconsciencia un dolor aun peor, para él por frustrarse y para los otros por querer entenderlo.

sábado, 15 de diciembre de 2007

"5:30 am."

"¿Alma de soñador?... Me encantaría cambiar el mundo..."

Es una costumbre inherente e involuntaria que todas las noches se manifiesta recordándome que no lo he superado. Abro mis ojos y echo un vistazo alrededor, asustado, examinando mi entorno en busca de algo que me aferre a la realidad para así comprobar mi incorporación al mundo.
Aún es de noche, por lo que veo a mi universo en una escala monocromática donde los objetos parecen más lejanos que de costumbre. Mi garganta me está matando, siento que una llama fluye desde adentro… una flamígera sed me ataca. Me visto y voy en busca de algún líquido agradable que calme este ardor para después volver al tortuoso sueño que, antes de despertarme, me hacía sentir radiante sólo porque en él existía armonía y la existencia utópica que me hace falta: en él estábamos juntos. Hay noches en que creo que este peculiar despertar es parte de mis vivencias oníricas. El caminar lento que me recuerda al ilógico paso que llevan los hombres en largas filas es una característica irrefutable de mi comportamiento nocturno, como también lo son los porrazos con las cosas que no veo, la frustración que se pronuncia al percatarme de que mi vida es un callejón sin salida y el violento encuentro de mis ojos con la invasiva luz del refrigerador. Vuelvo a mi cama, abrazo a mi almohada y me doy vuelta, en posición fetal, con el objetivo de reanudar mi sueño.
- Lo lamento, sé que soy culpable -te dije apenas te vi entre las nubes de mi visión.
- Este sueño es más corto que los anteriores, por lo tanto tengo menos tiempo para decírtelo -me contestaste.
- ¿Me hablarás sobre la insípida lluvia que ahora nos moja?
- No hay tiempo para hablar de simbolismos.
- Entonces… ¿qué me dirás?
- Ahora te estoy diciendo mucho… Aprende el idioma del silencio, sólo así puedo expresarme.
No me dejaste responder cuando diste media vuelta y comenzaste a caminar en sentido contrario a mi presencia. Desperté con un leve temblor. Me toqué los ojos y lo comprobé, estaba llorando.
- Mierda –grité. Ya son las seis y media… debo levantarme.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

"Soñé que despertaba"

"Texto que encontré olvidado por ahí. La verdad ni siquiera recuerdo cuando lo escribí, pero al releerlo lo creí interesante... ¡Gracias Daniela! =)..."

Soñé que despertaba, y que frente a mí se encontraba un espejo de cuerpo completo. En él había un hombre de uñas carcomidas por mordiscos ansiosos y ojos inyectados en sangre. Le escurrían gotas de sudor por la frente, tenía manos húmedas, dientes apolillados por infinitos cigarrillos y dedos de un dorado nicotinoso. Lo caracterizaba un tick: un mascar constante de chicle. Estaba poseído por sus ganas de escapar y rendirse. Veía letras escritas en sangre. Recordaba ideas perturbadoras. Sentía pasar por él un falso arrepentimiento de algo autómata y desquiciado. Estaba rodeado por miles de ojos que lo violaban. Tenía visiones rápidas. Escuchaba risas nerviosas. Lo cubrían gritos, susurros y lecturas de labios. Debajo de él estaban unas botellas desocupadas de alcohol que él desconocía. Vacío, vacío y vacío.
Él era un protagonista de descripciones macabras actuando su afamado papel irascible. Caminó hasta el balcón de su departamento y desde su núcleo interno, inflanqueable e idiotizado por las drogas ingeridas, gritó:
- Sí. ¿Debería pedir perdón o retractarme? Pues lo siento, no estoy en necesidad de clemencia.
Manos tiesas. Respiración detenida. Baño de fluidos internos.
Acabó diez pisos más abajo, destrozado, sin alcanzar a escuchar lo que dijo su interlocutor:
- Me das vergüenza.
Soñé que despertaba, pero terminé dándome cuenta de que estaba en una habitación más del pasillo transparente que me desvía de la vida.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

"El viaje de Tati"

"Ella es Tati, un ícono subercaseano, y esta es su historia..."

- Una chiquilla como ud. no debería andar solita por la calle, hermosura –le gritó un obrero.
Tati, tan linda e inocente como Dios la trajo al mundo y como ella quiso permanecer en él, decidió aquella tarde irse sola desde el colegio a su casa. Nunca lo había hecho, aunque le había jurado a su madre que conocía el metro porque antes había leido un mapa del transantiago. Pero, al parecer, eso no fue suficiente.
Ese día salió de clases a las dos de la tarde. Tatiana (Tati para los amigos) se fue riendo y comentando las desgracias de algunas chicas del colegio. Entre esas, había una muy buena en la que una compañera de curso de su hermana, y también prima de ambas, se cayó de boca mientras hacía eduación física. Tatiana era regia, de hecho, ella se definía como una bomba sensual de un metro setenta y tres de altura. Para todos los que la conocían era ella un ícono peloláis, con la única diferencia que era inteligente.
Caminó con sus compañeras hasta el metro, donde se despidió ya sudando en frío por no saber qué dirección tomar. Miró y pensó: ¿vespucio norte o la cisterna? Mhm. Vespucio norte, porque mi casa queda cerca de ahí. Ah, concluyó, soy seca.
Como Tati no estaba acostumbrada a los atochamientos del metro, sintió que todos se habían confabulado para hacerle el viaje más desagradable. Se urgió pensando en que tenía algo que a los demás desagradaba, puesto que estaba rodeada de gente que decía insultos y no olía de la mejor manera. Tati estaba traumada y extrañaba, muy dentro de ella, el auto que la iba a buscar todos los días. En el tramo que unía el metro Toesca con la estación Los Héroes se sintió un leve olor a quemado, se cortaron las luces y el tren progresivamente continuó disminuyendo su velocidad. Tati pensó que lo peor le había pasado a ella. Se arrepintió de haber tomado una determinación tan tonta como irse sola, pero ya estando ahí, se resignó a soportarlo. Escuchó a los demás decir que el nuevo sistema de transportes era una mierda, y ella estaba completamente de acuerdo. Un caballero harapiento y de unos cincuenta años de edad comenzó a discutir con un joven que no le quería dar el asiento, y dentro del altercado verbal se escaparon unos golpes. Tati no podía soportarlo, así que miró para afuera rogándole a Dios que la sacase de ahí. Las luces volvieron a prenderse, el aroma a plástico se disipó, el tren volvió a la marcha y por los parlantes se escucharon las disculpas del conductor. Le agradeció a Dios por el favor, y siguió su viaje sin rumbo hacia su casa ubicada en Peñalolén.
Al ver que todos se bajaban en Los Héroes, Tati creyó que ahí tenía que bajarse también. Después de haberse empujado con la ola de gente que tenía al otro lado de la puerta, comenzó a preguntarse sobre su nueva dirección: ¿Escuela Militar o San Pablo? Concluyó que para agradecerle a Dios por el favor tenía que tomar la dirección San Pablo, ya que era un santo al que iría a ver, supuestamente.
Siguió los letreros que le indicaban la combinación, y entre muchedumbres apestosas llegó a la puerta de su nuevo vagón. Arrinconada dentro del metro, pidió perdón por todas las veces que se había reido de los demás y por el odio que le guardaba a algunas personas, especialmente una que iba en su mismo curso. En voz baja, citó:
- Francisca, sé que eres una perra, pero lo siento por haberte odiado tanto.
Mientras Tati miraba por la ventana y veía que en Pajaritos había hacia donde mirar, escuchó el grito de una mujer desesperada peleando con su, si se puede decir así, pololo:
- Y voh’, sapo reculiao’. Me hai’ cagao’ la terrible de cantidad de veces y te vení’ a hacer el santo. Voh’ no saí’ nah’ lo que he sufrido por tu culpa. El cauro chico te odia, culiao’ –el novio, un hombre corpulento y de maneras animalescas la comenzó a zamarrear.
- ¿Y qué te las vení’ a dar de santa, puta reculia’? Mira que a voh’ te conocí en la calle, putita, y que yo sepa las damitas no se andan posando nah’ en las esquinas ni en los semáforos. Eri’ terrible tránfuga –sentenció.
- Suéltame, conchuo’. ¿No veí que estoy preñá’? –gritó aun más fuerte que antes.
- Ese crio bastardo no es mío. Puta de mierda, ¿cómo va a ser mío si ni me dai’ la pasaa? –el novio le lanzó un puñetazo en la boca mientras ella lloraba desconsoladamente.
Tati no cabía en sí del impacto. Todo lo que había intentado obviar en su vida le era presentado de manera brutal y desconsiderada. Rogó que su mamá la llamase al celular, pero nada. Y como Tati no le tenía minutos en el suyo, tuvo que seguir su cofradía interminable hacia su hogar.
En el poco tiempo que la separaba de la estación terminal San Pablo, recordó al chico que le había robado el corazón. Era un amigo de su hermana que se parecía mucho a uno de sus ídolos musicales. Él era filete, aunque sólo hablaban por messenger. En persona Tati, debido a su naturaleza tímida, se cortaba y le costaba hablar. Con el paso del tiempo Tati comenzó a aburrirse, y pensó reiteradas veces en la posibilidad de descartarlo y desterrarlo de su corazón, pero, como toda mujer, tenía el problema de que su corazón y su mente no razonaban de la misma forma.
- Cómo me gustaría que estuvieras aquí –susurró esperanzada.
Llegó a la estación terminal esperando que fuera una que quedase cerca de su casa. Se bajó y caminó por Avenida Neptuno esperando encontrar alguna referencia, pero no había nada más que un lugar que ella no conocía, y muchos chicos hiphoperos y reggaetoneros de dudosa procedencia. Tati palideció. Miró para todos lados, desorientada, a lo que uno de los jóvenes antes mencionados se acercó diciéndole:
- Hola preciosa. ¿Pa’ dónde quiere ir? –profesó intentando ser canchero. Yo la puedo llevarla a ver las estrellas.
- No, gracias –dijo Tati sonriendo, ya que había encontrado a alguien que podía ayudarla. Estoy buscando mi casa, vivo en Peñalolén.
- Jajaja. Pero lolita, está más perdida que la cresta. Acá estamos a la chucha de Peñalolén. Pero mejor véngase para acá y quizás con un cariñito se oriente.
- Suéltame, pervertido –gritó Tati.
Comenzó una retirada hacia el metro, lugar donde al menos se sentía segura. Rogaba por la llamada de su madre. Y, no en vano, minutos después la recibió.
- Amorcito. Dime dónde estás –dijo afable su madre.
- Mamá, mamá… ¡estoy perdida! –respondió Tati quebrándose.
- Tranquila, mi amor. Yo sabía que eso te iba a pasar, pero como tenías tan metida la idea de irte sola preferí dejarte para que aprendieras. Ahora dime, ¿dónde te voy a buscar?
Alrededor de cincuenta minutos después llegó la madre de Tati a buscarla. Toda su familia disfrutó su relato diciendo que eso le iba a ayudar a crecer, pero ella, sin habla a raíz de la situación recién vivida, se prometió nunca más posar un pie en el metro.

Y esta es la historia cosmopolita de Tati, una adolescente normal en búsqueda de su lugar en el mundo y de su amor prohibido.

lunes, 3 de diciembre de 2007

"Ni el primero, ni el último, ni el único..."

"Retrato de una realidad. Tranquilos, a todos nos ha pasado alguna vez..."

Estación de metro Santa Lucía. Tres treinta de la tarde. Dentro de aquí hace un calor terrible, aunque me consuelo pensando en que vale la pena esperar; el verano me idiotiza a más no poder. Mientras aguardo la llegada de mi cita me siento en un rincón de la estación, justo debajo de los teléfonos públicos, a mirar a los transeúntes. Disfruto con imaginar las razones de sus viajes y la manera en que viven; me gusta estructurar sus vidas en mi mente aunque sepa que es muy probable que me equivoque. Me fijo en una persona en particular, un chico de shorts grises y polera casual que debe oscilar entre los 18 y 20 años. En sus ojos, a pesar de que no alcanzo a distinguir el color, veo una tristeza acumulada. Parece que esperase a alguien, aunque aparentemente está resignado, ya que actúa de la misma forma que yo: observando. Encima de él hay una mochila, bolso del que extrae un libro para apaciguar la tediosa espera. El libro es El Perfume, así que infiero que es uno más de la gran lista de personas que se interesaron por aquella lectura a raíz de su aparición en la pantalla gigante. Una lástima, concluyo, pues no es un lector dedicado.
Miro nuevamente mi celular, son las cuatro un cuarto y no tengo mensajes de texto ni llamadas recientes. No me desespero. Paciencia, me repito, paciencia. El joven continua leyendo su libro. Por un instante me devuelve la mirada. Y yo, por reflejo, la fijo en otra parte esperando que no se dé cuenta de mi patológica entretención.
Mi pendrive se queda sin pilas. Mi espera será peor de lo que pensaba. Al menos Portishead me permitía irme en voladas personales, evocando lugares y situaciones de mi agrado, pero ahora no me queda más que convivir con la tortuosa reverberación del último hit de Shakira y el sonido de las máquinas por las que se pasa la tarjeta Bip.
Siento que el tiempo se pega con la humedad del ambiente, y que gracias a eso se demora aun más en pasar. Este lugar es una mezcla de olores. Pienso que deberían hacer una campaña para incentivar el uso del desodorante, además de hacer unas cuantas clases de aseo personal general y educación. A este país le falta tanto para ser desarrollado, concluyo.
Mi compañero en la soledad de la espera abandona su lectura. Supongo que se aburrió y decidió quedarse con la imagen mediocre de la película.
Son un cuarto para las cinco. Me harto y llamo por teléfono a la persona que espero, le pregunto por qué se demora y me contesta:
- Mierda. ¿Habíamos quedado hoy en juntarnos? Te juro que lo olvidé.
- Sí. En fin, después de más de una hora esperando me doy cuenta de que nunca tuve que haber venido. Cuídate. Adiós –respondo idiotizado.
- Pero… Espera, ¿dónde estás? –no permito que termine la frase, corto antes.
Recapitulando: tengo calor, llevo más de una hora sentado, se me acabaron las pilas del pendrive y lo único que hago es mirar a los demás. Si me contaran la historia de alguien con mis características, de seguro respondería “llévenlo a un loquero”. Sí, toqué el fondo de lo patético en el ser humano. Aun así, no quiero levantarme todavía. Al menos hay alguien en mis mismas condiciones. Me decido a ir a un bar de mala muerte, pedir un pitcher y fumarme una cajetilla completa de marlboro corriente. ¡Oh, qué placer me espera! Al menos compensa en algo la espera. Necesito darme un gusto. Pero no todavía, quiero terminar mi proyecto de observación.
Él todavía no se mueve de donde está. Es extraño, pues llegamos juntos al lugar y ninguno de los dos se ha ido todavía. Por primera vez en este rato nos miramos. Él me sonrie sabiendo que estamos juntos en esta cofradía patética. ¡Qué desgracia es que te dejen plantado!

domingo, 25 de noviembre de 2007

"Costumbre"

"Nothing to say..."

Te levantaste sabiendo que las páginas que llevaban días desplazadas seguían inconclusas. ¿Para qué molestarse?, dijiste.
Era mejor continuar con el aletargado ritual mañanero que terminaría llevándote al ensimismamiento crónico. Para los demás estabas bien y lo afirmabas sin problema. Te veías viejo, demacrado y sucio; mas no era un problema para ti. Yo sabía que el mecanismo que te permitía permanecer junto a nosotros estaba fallando por causas medianamente desconocidas. Estoy bien, replicaste cuando te pregunté si te había pasado algo. Terco y crudo como un cadáver de vaca preparándose para ser faenado.
Ambos conocíamos aquella complicidad, lo que yo sabía y tú no querías que supiera. A raíz de ello preferí esperar a que me lo dijeras, pero cuando entraste a la habitación donde guardabas tus hojas sin terminar ellas te cayeron encima, cortándote con sus bordes y aplastándote con su peso inverosímil.
Debería haber hablado antes.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

"Las manifestaciones ocultas de una realidad medianamente anhelada"

"Por fin subo algo que me gustó. Espero no ser el único al que le guste xD. Cuando terminen pensarán: ¿a quién no le ha pasado?"

Fue como la ruptura de una débil capa de plástico en cuya superficie habían cargadísimas bolas de acero. La lluvia cayó así, con la fuerza de las bolas acompañadas de su energía física destructiva. Hubieron segundos en que no pude escuchar más que el entrecortado sonido de las gotas en el tejado, y respondí al ruido, cansado y exasperado, prendiendo un cigarro. Maldije a Dios un par de veces, ya que de existir habría mandado esas nubes malditas justo encima mío, para interrumpirme cuando menos debía ser interrumpido. Estaba sufriendo, sí, y la lluvia se desplomó como la banda sonora perfecta para mi desgracia.
Aquella oscura tarde la dediqué al análisis de mis sueños, ¡tanto había de oculto en ellos! Llegué a pensar que el subconsciente era lejos lo más torcido que había sobre la faz de la tierra, puesto que ocultaba todo lo que acumulado por años guardamos en cajas que sellamos y sobre las que colocamos la palabra “deseos”, para después tirarlas al fondo del ático y así creer que las perderemos para siempre. Pero sin percatarse de que en los sueños los deseos se filtran desde nuestras cajas y entre adormecidas neuronas y venas hinchadas llegan cuando menos se espera. Muchas revelaciones arribaron por el método que describo, y aunque no crea en el destino, me atrevo a decir que mi subconsciente me llevó a vivir lo que mis sueños me advirtieron.
Había aspectos de mí que en status quo yacían sin vigilancia. Estas características detonaban en mí sórdidos sueños de terrible índole casi siempre relacionados con la muerte. En un principio me consolé pensando que al morir en un sueño uno se da más vida, pero como dice la frase “el pesimista es un optimista bien informado” llegué a la conclusión de que esa teoría era un bodrio y que la verdad era tan distinta y clara como el agua de un río estancado: mis hielos cristalizados, o sea mis sueños, requerían ser interpretados.
Comencé analizando la última película que había proyectado mientras dormía: la enfermedad y su mortífera cura. La incertidumbre del ambiente que caracteriza a los sueños interpretó a la perfección su papel en la película citada. Yo no tenía idea dónde estaba, aunque afortunadamente ver a mis padres acercándose a mí con el ceño fruncido y mirada destrozada me bastó para comprender la idea. Habían malas noticias, y a pesar de que no recuerde cuál de los dos me las dio, en mis memorias distingo los datos: me informaron que yo estaba siendo víctima de una terrible, crónica, degenerativa y terminal enfermedad. Me dijeron que tenía cáncer a la garganta y además me cohartaron de mi derecho a pensar en un subterfugio, ya que después de tirar la bomba informativa me replicaron su solución: me llevarían, el próximo viernes, a un doctor que me inyectaría en la nuca un líquido que me haría dormir para siempre. No me opuse ni dí mi opinión, sólo acaté y ordené en mi mente lo que debía hacer en mis próximos, y últimos, días de vida.
Emprendí el solitario camino de las despedidas resignado a que, en una semana, tendría que inefablemente morir. Mientras caminaba a la estación de metro más cercana comencé a percatarme del mal uso que había hecho de mi vida. Desperdicié demasiado tiempo siendo pasivo, sin decir lo que quería, rindiéndome a lo que la vida me trajera, lo cual no era mucho y que además me dejaba con un intenso sabor a vacío. Nunca fui un partidario del arrepentimiento, pues creo que la responsabilidad sobre los actos debe ser íntegra, y por lo tanto nadie debería hacer cosas de las cuales pudiese terminar arrepintiéndose. Pero, cuando hacía mi retrospectiva, me percaté de que sí habían cosas de las cuales debía arrepentirme. Cometí muchos errores, y para enmendarlos no fue suficiente, como yo creí, haberlos hecho sin la intención. Al llegar al metro mi mea culpa continuaba su curso.
Cargué mi tarjeta Bip con la adusta señora que atendía la boletería, y como solía hacer de manera educada, le agradecí. Este era un ejercicio que me encantaba realizar, pues las personas no están acostumbradas a escuchar gracias ni a que las traten bien, por lo mismo al gratificar su función se les puede arrancar notorias sonrisas.
Crucé el umbral colocando mi tarjeta frente al dispositivo que cobraba el pasaje y pasé de ser un transeúnte a pie a un viajero del metro… amaba ese cambio. Mientras viajaba por las estaciones de la línea 2 del Metro de Santiago (comenzando en el metro Departamental) una nostalgia sin núcleo para destruír me apuñaló: mis compañeros de vagón, casi todos sin educación, ya no me molestaban. ¿Por qué no me molestaban, si antes eran mi némesis diario? Fácil, pensé segundos después: era porque ya los extrañaba. Eran parte de mi costumbre, de mi día a día, y a pesar de que me desagradara su presencia y sus bolsos y olores característicos, no verlos más era un golpe nuevo del que no conocía dolor. Así mismo me ocurrió con las estaciones mientras las veía desaparecer por la ventana del metro. De los parlantes salió la frase anunciativa: Estación San Miguel. ¿Por qué el afán de comunicar esa estación si no había combinación en ella? Toda mi vida me lo había preguntado, pues era ilustre hijo de esa locomoción, sin embargo en la delgada línea que separaba la vida de la muerte llegué a la respuesta: también se anunciaban las estaciones importantes.
Al llegar a mi destino ya estaba consciente de mi nueva condición de “dead man walking”. El naufragio ambiguo de mi futuro no me afligía tanto como en un principio, puesto que el período de aceptación transcurrió en menos tiempo del que tenía estimado. Mi vida se convirtió en un mecanismo “express”, y yo, sólo tenía una semana.
Entré al colegio con una cruel falta de aire y una sensación parecida a la presencia de una juguera en mi estómago. Preparaba y le daba vueltas a muchas frases en mi mente para así dar cuenta a algunas personas de mi estado de cercanía al otro mundo. No sabía cómo iba a ser la reacción de aquellos cercanos a mí, sin embargo yo jugaba muy bien con mi pronóstico: ya lo estaba aceptando.
Me adentré al aula con paso de plomo y con el mismo rostro destrozado con que siempre llegaba. A raíz de eso, mi semblante a nadie le llamó en demasía la atención. Me senté y miré a mi alrededor, ¡las cosas estaban tan disímiles a la realidad! Con esta observación un nuevo golpe me llegó, esta vez a mi estómago, órgano que manifestaba las maneras de mi corazón. No me había imaginado cuánto iba a extrañar esas cuatro paredes, a los alumnos que las llenaban y a las tediosas tareas que dentro de ella hacía resignado. No, no lo había pensado, y hacerlo me hizo aun peor.
Dentro del transcurso de la hora le comenté fríamente mi situación a algunos de los seres que dentro de allí se encontraban. “Te extrañaré”, dijeron algunos. Los afectados recibieron la noticia igual que como si yo les hubiera dicho que me cambiaba de colegio. Y yo, dentro de mí, preferí no darle importancia. “Mejor –pensé orgulloso. Así me voy sin tener que preocuparme de quienes dejo acá abajo”.
De repente recordé mi porvenir de día viernes, la aguja que en mi cuello depositaría mi sueño eterno. ¡Qué dolor iba a sentir! La muerte no me aterraba, ya que con cada minuto que pasaba más arraigada la llevaba a mí. Pero el dolor de esa inyección, los segundos que iba a pasar dentro de la transacción entre la vida y la muerte; eso era lo que me horrorizaba.
Lo comenté por msn con el ser ausente. Preferí que nos juntáramos para así darle la noticia como correspondía, sin una pantalla de por medio. Recuerdo haberle estado contando cuando una llamada a su celular llegó. Las lágrimas aparecieron en mí después de un par de días desde la noticia, y necesité recibir un par de palabras de aliento, aunque como contraposición tuviera la barrera que aquel celular creaba, esa conversación romántica que era más importante que mi situación de futuro novio de la eternidad. Mientras su conversación seguía el acalorado curso del amor, me precipité en busca de un abrazo, a lo que me respondió:
- ¿Por qué estás tan seguro de lo que me dijiste? –dijo serio.
- Porque me lo dijeron, sé que es cierto. Me queda menos de una semana –dije desesperado.
- Pero, a ver. ¿Acaso viste los exámenes de tu supuesta enfermedad? –dijo mientras una sonrisa se apoderaba de su rostro.
- No.
Siguió conversando y yo, perplejo con la pregunta, me quedé pensando. ¿Y si no estoy enfermo? Nadie me lo ha asegurado, no tengo pruebas concretas de ello. ¡Quizás no tenga que morir! La aguja puede ser innecesaria. Quizás… Tal vez… ¿quién sabe?

No recuerdo más. Sólo sé que desperté exaltadísimo y con un resabio amargo en la garganta.
Con el fin de interpretarlo, le quité el esqueleto a mi sueño y me quedó lo siguiente: mis padres me anunciaron un diagnóstico que implicaba mi partida hacia otra esfera, por lo que debía despedirme de quienes en esta esfera me importaron, sin embargo uno de ellos puso en duda mi enfermedad cambiando por completo mi resignación y dándome la esperanza de que, en última instancia, podía vivir en ambas esferas a la vez sin perder a nadie.
La lluvia cesó pero el sol no salió de entre las nubes. El cigarro que prendí como defensa de los ruidos terminó por acabar. Y yo concluí, como siempre, con la mirada pegada en un punto y preguntándome: ¿será necesaria mi transición al otro mundo?

martes, 6 de noviembre de 2007

"El arte: palabra que no puede definir la Real Academia Española"

"No es de mis mejores textos, pero la idea me gustó y varía un poco comparándolo con los textos anteriores. Al menos cumplió con el objetivo que sale al final..."

Como muchas otras palabras, arte es de las que desconocemos su significado según diccionario. A fin de cuentas no importa, ya que no es necesario conocerlo. El arte es la puerta hacia el jardín de la honestidad, donde vaciamos todo lo oculto e interno de nosotros mismos. Se puede encontrar en distintas manifestaciones y formas, aunque todas convergen en el mismo ideal y objetivo: fusionar el mundo interno (del artista) con el externo, para así crear una mezcla afrodisíaca que sólo los más melancólicos y observadores seres humanos podrán interpretar o incluso hacer suyo.
Puede crearse con la imaginación, con la observación o, si nos vamos a una arista más abstracta, con los sentimientos.
Comienza a fluir en la sangre a partir de edades tempranas. Hay niños que desde sus primeros pasos revelan interés en el arte. Con servilletas crean formas que para el adulto son un simple rasgado, pero que para ellos representan un intento frustrado de mundo personal, una firma de íntimo descontento.
Con el paso de los años el niño (y esto no es improvisación, realmente ocurre) recorre las distintas áreas del arte, como la música, la escritura y la actuación, entre otras.
«Mamá, mamá. Cómprame un teclado» es lo primero que el niño dice. La mamá, mujer que al borde del divorcio y dentro de una lucha de adicciones se demuestra fría, sigue siéndolo, con el objetivo de desligarse del potencial artista comprándole el teclado, y creyendo que si es complacido, conseguirá su silencio y mucho más.
El niño pasó semanas intentando componer, poniendo los demos, probando las notas y jugando. Al cabo de un mes se hastió de sus continuos fracasos y decidió desistir de su cometido de ser músico. Abatido, llamó reiteradas veces a su madre y le dijo «Mamá, mamá. Cómprame un block con témperas». La madre, impactada por la inefectividad del teclado en el silencio y tranquilidad de su retoño, replicó «Hijo, pero prométeme que pintarás en el patio y que te entretendrá más de un mes». El niño, sin caber más en sí de la excitación gritó «Ya, mamá. Lo prometo». La madre fue en busca del block y las témperas, llegó a entregárselas al niño y él así comienzó su segundo intento.
En primer lugar, y como creo que el lector debe haber inferido, cabe mencionar que las sesiones de pintura no acontecieron en el patio como pidió la madre, sino en la alcoba del niño. Al principio, el niño no sabía qué plasmar, su imaginación de joven de ocho años no le daba muy buenas ideas. Miró por la ventana y pensó que el cielo junto a la cordillera era una buena opción, así que procedió a abrir las primeras témperas, a meter en ellas hasta el fondo el pincel y, ya que nadie le había enseñado sobre las cantidades de témpera, plasmó en la hoja de block unas manchas cafés, azules y verdes que se demoraron días en secar y que dejaron una huella irrefutable de su existencia: el piso y las paredes de la habitación quedaron manchadísimos. Apenas se secó su proyecto de cordillera soleada, y el niño se dio cuenta de su nuevo fracaso, desistió. Sólo duró cinco días.
Llamó nuevamente a su mamá, y ella llegó fumando su tercer cigarro seguido mientras ordenabaus ideas para atarantadamente comentarle «Hijo, te venía advirtiendo esto de hace algunos meses. Nos vamos de acá». El niño, indiferente al abandono que le harían a su padre dijo de manera interesada, como todos los jóvenes de su edad «Ya, nos vamos si me regalas una caja grande de cartón». «Perfecto» dijo la madre sin entender el por qué de la petición. Se fueron a vivir con unos familiares de la madre con quienes no había una convivencia aceptable, aunque como todo, al niño le daba lo mismo.
Transcurrieron meses y la caja no llegaba. El niño se desesperaba al ver avecinarse el año escolar, pues significaba que no podría realizar su tercer intento: hacer de la caja una televisión y animarla él mismo. La madre, harta de la insistencia de su hijo, le dijo de manera terminante «Ponte a estudiar. Ya no hay más vacaciones ni tiempo para tus proyectos estúpidos». El niño, decepcionado, se encerró en su habitación con la solitaria compañía de sus útiles escolares.
Sentía la necesidad de conversar, de comunicarse y expresar la frustración que sentía al no poder materializar sus ideas. Ofuscado, tomó un lápiz, abrió un cuaderno nuevo y comenzó a deslizar sus pastosos sentimientos en la hoja cuadriculada de él. Así descubrió que podía armar un mundo a base de palabras, que lo audiovisual no lo era todo, puesto que en esa área era dificilísimo rescatar los sentimientos, y eso era lo que más quería hacer.
Muchas veces tocaron su puerta mientras él se hacía el desentendido. Disfrutaba al máximo cuando veía sus ambiciosas ideas tomar forma tanto en su imaginación como en la hoja.
Escribió quinientas páginas en todo ese año escolar, los profesores y alumnos que lo leyeron decían exhaltados «Acabas de retratar fielmente a tu generación. ¡Te felicito!».
Con el paso de los años continuó creciendo, y el vicio de las letras no lo dejó jamás.
Así es como muchos de los niños adoptan sus posturas artísticas y se ven reflejados como pequeños y potenciales seres bohemios del mundo. Yo, como muchos otros niños con experiencias similares, me reconozco como un amante del arte y de toda el área humanista, ya que representa un escape que proporciona las armas necesarias para ser feliz y además actúa como el Dios para los creyentes: entrega algo a lo que aferrarse.

domingo, 4 de noviembre de 2007

"Sombras, sonidos sordos y el silencio"

"Me volví monotemático, pero eso no es lo peor. Lo peor es que el tema es no tener tema, es abusar de la carencia de sentido... o al menos eso prefiero pensar."

Mi día se redujo a una insustancial secuencia de imágenes sin sentido. Este grupo de segundos, minutos y horas se desordenó; es gráficamente un jugo en polvo recién revuelto que tarde o temprano terminará por decantar. Hay en mí sentimientos que se niegan a quitarme la razón, algo así como un pegamento que en su máximo esplendor mantiene funcionando a un deficiente engranaje en decadencia. No sabría decir, con certeza, si mi fidelidad y devoción por los sueños radica en la hermosa película que muestran, conjunto de escenas irreales que me mantienen vivo; o en el escape del que me proveen, un bien temporal y necesario.
Tal vez termine siendo culpable del cargo de honesto, recibiendo la pena máxima: el desplome del muro. «Juez -diré en aquel momento- apelaré a su criterio diciéndole que no me encontraba en mi sano juicio, que la barrera que dividía la realidad del sueño había caído irremediablemente, dejándome desnudo frente a quién no debía. Sé que la víctima no merecía leer aquellas mortíferas y delatoras palabras, esa confesión que la enredaría en el vértigo de la confusión. Siempre lo supe, mas ahora último terminé por procesarlo». Le rogaré que en mi nombre pida las disculpas pertinentes a los afectados, mientras yo debata en mi propio purgatorio cuál terminará por ser mi futuro: la realidad, o mi propio mundo onírico.
Un día más de sueño eterno y somnolencia interminable.

viernes, 26 de octubre de 2007

"Oníricas lágrimas de cristal"

"Lo más cómico es que la historia no tiene nada que ver con mi infancia. En fin, los sueños son sueños... Una historia de la vida real..."

Desperté y sentí que mi corazón sangraba. Me di numerosas vueltas en la cama, pretendiendo evocar una realidad terrena para así explicarme el porqué de mi infinita angustia. Recordaba el sonsonete de una canción, y una mano que entre las mías suplicaba refugio. Me acordé también de que había besado esa mano, y que en ese beso había una suavidad en extremo particular que junto a un aroma que calaba mi ser me ayudó a esclarecer algo más de mi sueño. El sonsonete continuaba, y la pantalla de mi computador apareció de repente entre mis recuerdos. Mis reminiscencias comenzaron a aflorar: buscaba entre mis archivos de mp3 una canción para conmemorar mi infancia. Sentí que de golpe una oscura puerta se abrió. Me asusté de pronto, para después caer en cuenta de la identidad del ser. Eras tú, ausente. Eras tú, a quien yo amo. Me sonreíste irónicamente, y entre los diálogos que recuerdo dijiste que esperabas a tu mejor amiga (¿cuál era la idea de esperarla ahí, a mi lado y en mi oficina?). Yo asentí y procedí a sonreír abiertamente, pues a pesar de que no era a mí a quien querías ver yo tenía la oportunidad de hacerlo. Te seguí hablando de cosas sin sentido para así atrapar en algo tu atención. Te conté que jugaba un juego en el computador (cosa que en realidad nunca hago, pero en fin, los sueños suelen escaparse de lo común) que tenía como objetivo el de atrapar un avión mientras éste iba volando… el personaje del juego sólo caminaba. Tú reíste y me dijiste:
- ¿Qué creerías si yo te dijera que iré, con mi mejor amiga, a un lugar que haya existido algún día pero que ya no existe? ¿Y que, además, fuéramos en busca de tu avión perdido?
- A ver, ¿a qué te refieres con eso? –repliqué entusiasmado. Me imagino que significaría que le mintieron a sus superiores para ir a un lugar al que no los dejaban, o, en su defecto, para escaparse a cualquier parte. ¿No es cierto?
- ¿Por qué crees que estoy aquí? –dijiste ya algo triste. Es porque te extraño.
Caíste sin remedio entre mis brazos, descorazonado por la distancia que se había posado entre nosotros. Me dijiste que no entendías nada, que no sabías qué hacer, mientras que yo te suplicaba entre lágrimas de cristal que no me hablaras más de eso. Te abrazé durante innumerables segundos de sueño. Tomé tu mano, y la besé cuantas veces pude, creyendo ilusamente que eso en algo podía calmarte. Percibí que nuevamente alguien abrió la puerta, entró y tomó lugar en el computador. Ese alguien cambió la canción, provocando que desaparecieras de mis brazos, y haciendo que yo terminara por despertar. En la realidad las cosas son distintas, me dije. Por eso me gusta soñar.

jueves, 18 de octubre de 2007

"Detener el tiempo"

"¿Te sientes capaz de encontrar coherencia donde no la hay? Advertencia: necesario conocerme para entender esto..."

Sí. Todo terminó por deformarse. Las calles mutaron y comenzaron a parecerse a libros sin lector: a la nada, pero no a la nada cualquiera, sino a una nada ínfima, imperceptible e irrefutablemente innecesaria. Me enfrenté cara a cara con mi sentido del humor en un encuentro casual, una mañana cualquiera mientras yo, preso del sueño y de unas ojeras inmensas, me afeitaba como todos los días frente al espejo del baño. Me sonrió, y yo le devolví simultáneamente la sonrisa. Era verdad lo que todos decían: no tengo sentido del humor. No era tan malo, pues no era mi única carencia. Tenía otras, más profundas y viscerales, más íntimas y menos superficiales. Una de ellas era la costumbre a la introspección, hábito que heredé de la conciencia colectiva, del miedo a los días iguales, del terror al rechazo y especialmente de la contraposición de sensaciones que significa enamorarse: anhelo y vértigo, blanco y negro, vida y muerte, ganar y perder. Tú te preguntarás ¿por qué carencia?. Yo te respondo que es carencia de optimismo.
Aquí hay algunos de los incoherentes pensamientos que me acosan mientras la introspección se vuelve mi modo de vida:
Alimentas a tu hijo y esperas que sea grande, fuerte como un roble; un futbolista o un médico. Pero nunca un adicto a la soledad. Eso no es felicidad, o por lo menos no le da una chance de aparecer. Mas no recuerdas que los callejones oscuros constituían tus caminos en la juventud, y niegas que secretamente te aferras a ellos porque te diste cuenta de que, a fin de cuentas, al atarte a una vida cotidiana y saludable, dejaste de vivir.
Es necesario citar como ejemplo el caso habitual del "vivir porque sí", o mejor dicho "vivir por aquellos que nos rodean". Existió -hay que recalcar que es un caso aislado y que, si alguno de los lectores se siente identificado/a, debe empezar a preocuparse- el caso de un hombre que, escondiéndose detrás de caretas plásticas e insustanciales, se dejó estar hasta la muerte. Siempre supo que debía luchar, que sentirse amado era un sueño que sólo conocía porque lo había leído, aunque él también había amado, loca y desesperadamente, sólo como los románticos aman, pero lamentablemente, nunca se atrevió a botar el plástico que lo encarcelaba. Un día cerró los ojos y se encontró incapacitado para hablar y moverse. Miró la pantalla que mostraba su peso, mientras estaba en la camilla y vio la suma descender en 21 gramos. Fue en ese instante, en esa fracción de segundo cuando se dijo: "yo mismo, ¿habré pecado de imbecilidad? ¿será que pude haber llegado a ser feliz? Quizás me hizo falta coraje, pero bueno, el tiempo es tiempo y con una lágrima abandono mis sueños".
Ausente. No hay que dejarse estar, ausente. Toma con vigorosidad la bandera de tu nombre y levántala con orgullo. Pues nadie lo hará por ti, nadie será capaz de adentrarse en tu mente y hacerte sentar cabeza. Ausente, podría escribir y dedicarte un mundo ficticio, pero de nada me sirve. Podría moldear nuestra realidad, hacerla perfecta y encajar en ti su belleza, pero la duda me asalta: ¿aceptarías formar parte de ella? ¿me permitirías intentar esbozar en tus dulces labios una sonrisa?

martes, 16 de octubre de 2007

"La delgada línea de la negación"

"Haciendo que la nada tome sentido..."

Él sostiene que la verdad es una navaja de doble filo. Sus quimeras e ilusiones lo mantienen despierto, son sus fundamentales pilares de inspiración y su dañina fuente de vida. Él quiere respirar aunque eso signifique destruír miles de ásperas manos que cubren su desnudo y vulnerable cuerpo, como una burbuja que lo mantiene lejano al mundo, a salvo de todo, menos de sí mismo. Él cree que es inofensivo, y tal vez tenga razón. Su asfixia lo distrae del escenario que sus húmedos ojos ven a través de dos dedos entreabiertos. Su boca está tapada, su nariz doblada y sus manos amarradas con invisibles correas de espuma. Percibe constantes temblores en su alrededor, cuyos epicentros se encuentran en las manos que infatigablemente se turnan para no dejarlo ir: son su conexión con la vida, la única que tiene. “Quisimos cuidarte, mas te encerraste en ti mismo”, dicen quienes lo observan sumergirse en la amarga alcantarilla donde viven los crueles duendes que lo ahogan. A veces, cuando sus míticos amigos no pasan por períodos estresantes y olvidan comerse sus uñas, él recibe rasguños en cada parte de su cuerpo. Está cansado de esperar. Sus oidos reciben instrucciones que él no puede realizar, hecho que aumenta más su frustración. Prefiere morir antes de seguir en ese siniestro sopor que lo aprieta, pero no puede hacer nada... nada más que seguir alimentando su imaginación y volcar, ilusamente, sus anhelos en los sueños que cada noche lo visitan. Sus sueños son el único lugar donde está ajeno a estas manos, y donde puede aspirar a ser feliz, dependiendo del maquiavélico juego que su mente esté dispuesta a proyectar cada noche. “Mamá, suelta mi mano. No sufras más, déjame drenar mi tristeza entre las quebraduras de mi sueños”.

jueves, 11 de octubre de 2007

"A un paso de distancia"

"Si tan sólo pudieras entenderme... No pido más que eso..."

El viento, mi único cómplice, juega conmigo y la noche a su vez. Me acompaña cuando me siento al borde de un abismo bajo el cual, kilómetros más abajo, está el mar y por consiguiente la paz. El viento juguetea con mi cabello, es tan comprensivo este amigo, tan silencioso, que más no podría pedir de una compañía. Me recuesto mirando al cielo y busco entre las estrellas la ilusión, en las nubes el amor y nombro cada gota de inofensiva lluvia con tu nombre. Escucho cómo las olas se rompen contra las rocas en un juego de golpes silenciosos. Me encantaría ser una ola, porque ellas tienen un ciclo de muerte y vida, y una función que aunque imperceptible es completamente necesaria. Contrasto mi existencia con la naturaleza y no consigo más que deprimirme; es que no hago más que respirar y destruír. Soñé en una de estas noches con una realidad paralela, una fotocopia mejorada del mundo en que vivimos; era tan irreal que la olvidé. Nunca pude dejar de lado el frío, pues a diferencia del calor no tiene problema en quedarse impregnado y no es difícil conseguirlo. Sí, en un intento de estabilidad. Me paro con la mitad de mis pies fuera de la tierra, volando sobre un mar que se muestra refrescante. Me balanceo, mas no logro caerme. Es que ni el mar me quiere entre sus olas, pues su perfecto engranaje se estropearía con mi caída… la naturaleza tampoco acepta errores. Es que de haber un Dios las cosas no serían así, pues de un ser omnipotente no se podría haber engendrado una sociedad de magnitudes colosalmente contaminadas; el libre albeldrío, lamentablemente, es una excusa. Miro hacia abajo y no siento vértigo, porque sé que al caer me libraría de esta mohosa coraza de músculos. Llevo días sin ver el sol, y no me quejo por ello ya que no me hace falta. Comencé a crear, a modo de defensa, un montón de alimentos, sucedáneos de los reales, para así no tener la imperiosa necesidad de interactuar con mis pares. No consigo entender el por qué, ya que no hay ciencia capaz de explicarlo, ni filosofía ni corriente intelectual capacitada para darme tranquilidad. Mis cuerdas vocales se atrofian con el paso de los días ya que no las uso, con la naturaleza no necesito palabras. Dejé el auto kilómetros atrás antes de llegar acá, ya no recuerdo el lugar exacto. De todas maneras no me interesa, ya que mi percepción de la realidad está en extremo derretida. Comienzo a recordar las vidas que destruí siendo yo, los rostro que metamorfoseé de felices a impactados, las veces que fui dejado de lado por lo que Dios, supuestamente, quiso para mí. Me rindo, grité. Y con mi primera palabra en meses me lancé en picada desde las alturas de mi conciencia, cayendo en una alba cama con suaves sábanas. Por fin podré dormir.

lunes, 8 de octubre de 2007

"Crónica de uno de los mejores, y más extraños, días de mi vida"

Todo comenzó cuando lo supe: Lacrimosa venía a Chile, en octubre. Fue hace unos meses. Desde ese momento me puse el objetivo de que, como sea, me conseguiría la entrada. Pasaron los días y aunque estaba seguro de que a como de lugar iba a ir, no compré la entrada sino hasta un par de días antes del evento.
Mis expectativas se balanceaban en torno a la emoción que sentía al saber que ya estaba próximo a ver una de las bandas que me ha acompañado en los momentos más importantes y decisivos de mi vida.

El concierto empezaba a las 9. Me junté con Naiti a las 2:30 de la tarde (mira, hasta te hice una mención honrosa xD) y sus amigas en el metro con destino a Blondie, y con el sano objetivo de matar el tiempo de una manera entretenida, algo así como un precalentamiento para uno de los momentos más intensos que la vida me proporcionaría. La pista central tenía, como protagonistas, a todas las divas locales (Britney Spears, Christina Aguilera, Gwen Stefany, Madonna, entre otras), por lo que el ambiente tenía una clara inclinación homosexual, o mejor dicho, loca. No puedo negar que, aunque no me sienta orgulloso, bailé en la pista central. Estuve una media hora en la 2, en el auge brit, hasta que me encontré con Javo y me devolví a la central, donde estaban Cate, Wildo y Carla. No fue la música la que me prendió, sino la emoción de saber lo que en pocas horas más acontecería, y el cariño y la emoción de verlas después de tanto tiempo. Sí, bailé desenfrenadamente.
También, en esa tarde de descontrolado desahogo, hubo momentos en que la realidad me bajó a palos de la nube viciosa y exquisita que me hacía sentir hilarante, a raíz de los recuerdos que me comenzaron a atacar, reminiscencias de índole dolorosa. No es por ser envidioso, pero ver a tantas parejas (independiente del sexo de ellas) me hizo sentir algo incómodo, y triste. Hecho que, a decir verdad, no cambió en demasía mi ánimo.
Después de bailar mucho y fumar más de la cuenta, nos dirigimos a la pista central por última vez. Aquí hago un paréntesis, ya que no publicaré lo que aconteció en esa última visita (no tiré con nadie, ni mucho menos) ya que es un "chascarro" personal. Llegaron las 7, y partí al Víctor Jara.

Con Naiti, al salir, lo primero que pensamos fue: "tengo sed". Fuimos a comprar unas Ginger Ale de marca Fruna (una delicia, y no lo digo por el sabor, sino por el precio xD) y nos sumamos a la fila de color negro que cruzaba el Portal Edwards. Nota extra: en la fila nos vendieron unas cervezas a quinientos que, al entrar al Víctor Jara, nos hicieron botar (la mitad, ya que nos habíamos tomado la otra), así la moraleja es... ¡no compren! xD.
Entramos llegadas las 7:30 y tomamos lugar en cancha, obviamente, para estar más cerca de los ángeles que nos deleitarían desde las 9 hasta lo que durara el evento. Después de incontables chorros de agua, cortesía de los guardias del estadio, y del electro que de fondo intentaba prender a los espectadores, se apagaron las luces y comenzaron los gritos.

Wow, pensé. Comenzaron con Schakal, canción que fue un orgasmo para mis oídos ignorantes a un placer tan insípido y llenador. Tilo lucía mejor que en cualquier foto, ya que en ellas no se puede rescatar el aura angelical que lo envuelve, ni lo suave y sincronizado de sus movimientos. Cada una de las notas que su voz entonaba eran una caricia para todos los espectadores que, después de años de espera, pudieron cumplir su sueño. Los gritos eran inevitables. Anne, por su lado, tenía un semblante en extremo diáfano y agradecido, una diosa de indescriptible belleza. Entre los temas que tocaron están: Durch Nacht und Flut, Senses, Das Schweigen, Lichtgestalt, Kelch der Liebe, Copycat (a pedido del público), Letzte Ausfahrt: Leben, Alleine zu Zweit, Halt Mich, Ich verlasse heut dein herz, Alles Lüge, etc.
Fue un show de exactas dos horas, que hubiera durado menos si nosotros, los espectadores, no hubiéramos gritado con un fervor abrasador que volvieran, que necesitábamos más de su droga, del exquisito sentimiento que expresan con su música, con el que muchos nos sentimos identificados.

Lo demás es inexplicable. Creo que nadie de los que asistió podría explicar bien lo que se sintió ser partícipe de esa presentación. No me queda más que agradecerles, a ellos por la electrizante jornada que nos regalaron, por ser parte del selecto grupo de músicos reales. Porque sus discos pueden venderse bien, pero aunque dieran sus videos en MTV y sus canciones en FMhit seguirían siendo una explosión de sensaciones.
Gracias a todos los que me acompañaron ese día, en especial a Naiti, que participó en la odisea desde el Víctor Jara hasta mi casa.

jueves, 4 de octubre de 2007

"Filtraciones"

"La literatura es ficción, siempre..."

Es nocivo dar la vuelta y continuar por el borrascoso camino que un día, de casualidad, nos cruzó. Ahora digo que es cómico, jocoso; que me da una risa torcida e irónica ver lo estúpido que llegué a ser. ¿Ser, o no ser?: disyuntiva clásica en la literatura, como también en lo cotidiano. ¿Decir, o no decir?, ¿hablar, o no hablar?; miles de variantes que tienen en común su origen, y en el fondo igual fin.
Dejo fluir mis dedos esta noche, y planeo que así sea durante toda la inmortalidad que nos cubrirá hasta la muerte, porque es cómoda la nube de la ficción literaria que encubre, oculta y rasguña con furor.
¿Cuántas decepciones cargo en morrales herméticos?, ¿cuántas de estas mochilas existen?, ¿acaso he regalado algunas de ellas?; luchas internas por averiguar, a ciencia cierta, el resultados de la sumatoria de mis decisiones… quiero saber, de manera segura, cuántos ave marías, padres nuestros u otras oraciones sin sentido tengo que entonar para ser perdonado. Camino por concurridas calles, arterias santiaguinas, pero soy invisible como todos mis compañeros de camino, sin detalles que nos identifiquen y nada que llame la atención. Me detengo y me repito tenazmente dentro de mis nieblas personales: esto es el infierno. Continúo detenido hasta que siento dos manos blanquecinas que toman mis piernas y me adentran al asfalto: un kilo más para la perniciosa construcción.

martes, 25 de septiembre de 2007

"El espejo ocular"

"¿Cuántos tenemos una historia similar?"

Es, sin duda, una paradoja que asesina lentamente. La empatía más honesta del mundo no podría siquiera acercarse a sentir, ni menos dilucidar, un fragmento del sufrimiento que atormenta mi corazón.
Detrás de la transparente esfera que responde al nombre de ojo, se esconde un niño que anhela ser entendido y descubierto. No es una mala persona, pero sabe que si osa a sacar una manito será tildado así, y lo que es peor aún, si procede a salir, sacando aunque sea una mísera uña, no podrá volver a entrar, y su muro será derrumbado. Así que el niño se sienta, entristecido, a observar cómo el mundo se comporta. Sueña con emerger al exterior, con probar que la inocencia no es un pecado, sino más bien una virtud. Quiere saborear la honestidad, morderla con todas sus fuerzas y embriagarse con ella, incitando a quienes estén en derredor a hacer lo mismo. Sin embargo, sus deseos son contrapuestos por la realidad que observa. Ve la manera en que los niños pertenecientes a otros cuerpos son destruidos al abandonar su refugio. Los observa llorar, y él no quiere vivir lo mismo. Se pregunta día a día la razón de esto: ¿seré yo quien no merece llegar al mundo, o el mundo es quien no me merece? Cavila incansablemente, tenaz y terco, buscando una solución. Pasa la mayor parte de su día construyendo escudos inservibles que a la primera ráfaga de viento violento caen destruidos. Y en lo que le resta de luz solar, se recuesta a construír su tormentosa fantasía de caminar entre los vivos y dejar de ser un sufrido espectador. Piensa, con la más exquisita ilusión, en que prefiere una vida sufrida e intensa, a una encerrada, lineal y aburrida. Se apasiona pensando en ello, imagina cuánto disfrutaría al recorrer las áreas verdes que ve pasar. Pero, siendo objetivo y realista, se da cuenta de que no puede vivir de un sueño, simplemente no es para él. Y sabe que la única forma que tiene de deshacerse de su sueño, es haciéndolo realidad. Llora desconsoladamente. Sabe que si se asoma a la luz, su vida correrá peligro. Así que prefiere esconderse hasta idear un plan maestro, pero los días no lo acompañan, continúan su cruel paso, haciendo que este niño envejezca y termine por morir, aferrado a su anhelo de vivir en el mundo.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

"El último consuelo"

"There's nothing more to say. At least not tonight..."

Ríete del coraje, de las reglas y la vida, que no dan nada excepto dolores de cabeza. Posiblemente sería todo mejor si eliminásemos el filtro que condiciona nuestras palabras, cuidando no ofender a nadie, llenando nuestra boca de palabras que conscientemente queremos decir, pero que en el fondo no nos representan. Ríete del miedo y sus manifestaciones, que no eres el único aterrado… hay muchos otros lisiados que necesitan compañía. Ríete de las señoras que hablan sobre un infierno ulterior a la muerte, su ignorancia no les permite ver que no hay peor escenario dantesco que la tierra y sus ambientes. Ríete de las lágrimas ajenas, pues si todos ríen de las tuyas ¿qué hay de malo en devolver la mano? Permítete disfrutar de lo absurdo, que si seguimos amigos de la negación, los secretos y la tristeza; es lo más cercano que tenemos a la felicidad.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

"Rebaño disperso"

"Otro cuento que envié a Santiago en 100 palabras..."

“Ven a buscarme”, fue lo que escuché al otro lado del celular. Cuando llamaste, llevábamos cuatro días de desesperación por no saber dónde estabas. Nunca pudiste ser el ejemplar hermano mayor, pero para mí eras un héroe. Nuestros padres te dieron por caso perdido, preferían ignorar que las cosas desaparecían y que todos los días te acostabas llorando. Llegué a las tres de la mañana a Plaza Italia y te vi, con un cuchillo ensangrentado en la mano. Estabas junto a un cuerpo inanimado, era víctima de tu necesidad vital. La pasta base consumió tu vida, y además tu libertad.

jueves, 6 de septiembre de 2007

"¿Víctima o victimario?"

"Cuento que tengo pensado mandar a Santiago en 100 palabras"

Abres los ojos y miras en derredor, el reloj marca las siete. Te duchas con rapidez de lunes. “Última vez que llegas tarde” te dijeron el viernes. Besas a tu señora y a tus hijos que van saliendo. Tu hijo suele preguntarte “¿por qué no nos va mejor?”. Vives en un sector humilde, periferia, lejos del trabajo. Te asomas a la casa de al lado: un BMW y un jardín de revista. Una niña te saluda, un hampón enviado le apunta y dice “no es tu culpa”, la ves morir. “Por eso nos va mal" respondes al regresar bañado en sangre.

lunes, 20 de agosto de 2007

"Todo con naturalidad"

"Este texto comenzó como un capítulo de mi súper proyecto de libro, un texto de carácter autobiográfico con matices de ficción, tales como situaciones exageradas o personajes ficticios. Esta era una de las exageraciones del personaje principal. Pero, como casi todos los textos lo hacen, se deformó hasta terminar como lo que ven acá. Sigo el consejo de Skármeta, hay que dejar al lápiz fluir, y a las ideas también..."

A este extremo de la línea, una línea extensa y de un rojo profundo, hay que hablar sobre la deidad fanstamal que estremece nuestros cuerpos, envolviéndolos con un temblor húmedo, penetrante y punzante, excitantemente peligroso y con un poder psicológico sin igual.
La calma antes de la tormenta, la tormenta y la negación; expresiones sexuales completamente normales e ilusiones que nos compenetran subiéndonos a un edificio y después, lanzándonos de él. Y lo que sigue a esta sucesión de hechos, las dos posibles reacciones: el abrazo dulcemente esperado que sellaría el acto como una expresión de amor anhelada, o el asco y la distancia que aparece bajo nuestros pies, destruyendo nuestro suelo y abriéndolo.
Podemos ver al orgasmo como a una montaña rusa cuyo esplendor y duración no excede los segundos. Se puede conseguir con cualquiera, pero la intensidad, impacto y duración de éste depende directamente de quien es nuestro co-protagonista en el acto, y también del lugar en el que se desenvuelva. Sí, también contiene factores psicológicos.
Abandonarnos y dejarnos llevar por este deleite y pecado terrenal –pecado por decirle de una manera que resalte al carmesí pasión como color representante- es una reacción de lo más normal, o por lo menos eso he observado en esta sociedad y más incisivamente en esta juventud enamorada y adormecida por los fáciles placeres. La falta de fe en la reacción químico/psicológica conocida bajo el nombre de amor, o la decepción de ésta misma impulsa a la mayoría de individuos al “sexo casual”, un edén, una isla que al comienzo del acto se construye y muestra iluminada por un sol amarillo brillante, cubierta por una arena exquisita y exhibiendo altísimas palmeras con cocos –todo un paraíso Kem-. Pero, al finalizar el acto, el sol se vuelve tan violento y abrasador que quemando las palmeras, ebullicionando el agua marítima que rodea la isla y quemando la arena destruye el ensueño que tan brevemente se puede visitar. Lamentablemente, nada es para siempre.
Aunque también, para el ojo repleto de moralidad represiva: “felizmente”, habemos quienes consideramos al orgasmo como la cumbre, la punta, el último piso de un edificio que consta de plataformas de realización amorosa –al más puro estilo de Duro de Matar-.
El sexo, entonces, sería una plataforma a la que cuesta llegar, ya que, para el enamorado crónico la situación debe ser apta para el coito amoroso, y no ser un baño o la pieza de los padres de un amigo permisivo, porque de ser así, pasaría a ser un mero acto sexual. Emh, no, eso no es cierto a decir verdad, pero sonó tan bonito que no pude evitar ponerlo.
La realidad es que dentro de una relación estable y repleta de amor incondicional y de promesas, pueden haber instancias propicias para la rienda suelta al amor, y allí, sin duda, se daría la coalición amorosa. Sin embargo también hay días en que uno de los dos tiene la necesidad imperiosa de copular, y no por eso dejará de ser un acto de amor. Son demostraciones pasionales, de una arrebatadora sensación de calor capaz de electrificarte el cuerpo, y éstas deben ser vividas a concho.
Sea como sea, el sexo será hermoso, y nunca se verá como a un mal acto, siempre y cuando sea con el consentimiento de ambos lados.

domingo, 19 de agosto de 2007

"Corriente de la Inconsciencia"

"Cuento con el que gané el interescolar de cuentos. Con los textos que he subido todos creerán que soy un asesino en serie, pero no es cierto. Lo subo por lo importante que es para mí, me ayudó a creer en mis capacidades, y casi me provoca un infarto al enterarme de que había ganado..."

Poca nitidez, borrosidad, sueño. Sensaciones que exprimen mi mente, mientras que la vista, fija en el suelo de este templo de conocimientos básicos, tan solo reconoce azulejos.
Hace un minuto que entregué una prueba deficiente, una vez más. Cuando llamé a la concentración e intentaba inventar contenidos, no conseguía obviar el recuerdo de los gritos penetrantes que, invisibles, pero profundamente presentes y dañinos, salían de la pieza de mis padres y atravesaban las paredes huecas de mi habitación. Ésta era la razón por la que, naturalmente, no pude estudiar.
Continúo examinando el suelo. Hay mochilas arrinconadas y contiguas a cada banco, pertenecientes a los personajes que adornan mi atormentada existencia. Frente a mí, una pelirroja poseedora de un desplante físico impresionante, pero carente de neuronas. Se podría fácilmente describir como una preciosa caja de oro forjado por los mejores artesanos del mundo, pero con un interior vacío y harapiento.
Los tenues susurros, de eruditos, comentando el examen, me desconcentran y provocan un malestar indescriptible, y el silente deseo, sí, deseo, de hurtar todas esas guías, que cuidadosamente estudian, para quemarlas, con el fin de ver sus rostros, de desesperación, de odio, hacia mí.
El timbre suena con la idéntica monotonía que cada año me hace sentir más miserable, más esclavo de las costumbres. Tomo mi celular, absorto, y espero ver alguna llamada o mensaje. Como siempre, no hay nada.
No me desespero. En cambio, camino tranquilamente hacia la puerta, salgo y dejo que la luz me traspase, me viole, de la misma manera que lo hace cada perniciosa mañana.
A pesar de mi frialdad y distancia características, no niego que los niños me enternecen. Para mi relajo, el patio está lleno de ellos. Corren, saltan y juegan, completamente ajenos a lo que los rodea, a la asquerosidad de los seres aledaños. Disfrutan el estar inmersos en su inocencia, en el dulce y tranquilo mar sobre el que se alza un cielo despejado de color celeste profundo, no como el mío, que es presa de las peores tempestades y vive bajo un cielo gris cubierto de negras y violentas nubes.
Muchos de estos niños ya me conocen. Suelen verme cada tarde que descanso frente a ellos, mientras disfruto el ver lo que nunca pude ser, lo que me fue prohibido desde un principio… ser un niño.
Agradezco, sin embargo, el no ser parte de esas masas que a mis espaldas, aparentemente felices y ocultos bajo tristes y trizadas máscaras, juegan a ser grandes guiados por superficiales infantilismos.
El sol comienza a arder en mi piel, que aunque cubierta del bloqueador con máximo factor, es presa de los rayos que me comienzan a ultrajar desde que me expongo a ellos.
Al dar por finalizado mi ritual diario, cojo mis cosas y me retiro del recinto.
Las calles que rodean el establecimiento son objeto de mi máxima admiración. Las surcan verdes y altos árboles de distinta especie, que entre jardines dan una sombra ejemplar y perfecta, de esas que llaman a acompañarlas.
Los frívolos transeúntes continúan su camino, presos de torres de papel impresas con órdenes sin sentido, del deber impuesto e inconsistente, del deber al que los somete el dinero. No es que lo critique, no. Al contrario, me declaro como un amante de los papeles verdes con valor. Pero no son un objetivo en mi vida, sino un mediador entre mis necesidades y yo, un premio a mis esfuerzos.
Practico una de mis tantas costumbres, fijar mi vista en la vereda y evitar las uniones entre cuadrados, pisando siempre el centro de éstos. Al quinto paso, encogido de hombros y temblando, caigo sobre mí mismo y entonando el himno del sufrimiento, diviso por última vez el cielo azul que me protege y me viola, todo a un tiempo.
Al despertar, las horas transcurridas han mutado el agua con que me bañaba por una ducha desconocida, una ducha teléfono que musita órdenes a través del vapor. Tomo la toalla, me visto y sé con claridad lo que tengo que hacer.
Cubierto de la sensación característica del despertar, camino hacia la puerta, observando cuán familiar me es esta escena. Los mismos cuadros, alfombra y muebles que alguna vez visité en mis sueños. Recuerdo mi bolso, antes de irme, lo tomo y lo llevo conmigo.
El sol está por salir. Es temprano, demasiado temprano para mí.
Cierro la gran puerta a mis espaldas, y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro en la esquina de mi escuela, todavía vacía por la hora.
Entro con la calma habitual. Los pasillos se ven apacibles, tranquilos. No son los mismos en los que lloro desconsoladamente al percatarme de mi soledad. Son otros, más grandes y serios, más reales… Sí, ¡esta vez son reales!
Subo por las escaleras y miro hacia todos lados en busca de algún testigo de ésta, mi nueva realidad. Me adentro en mi aula. Vacía, como la escuela entera. Expectante y ansiosa, así la veo. Quiere recibir a los 43 alumnos que diariamente la maltratan, admite su masoquismo, y lo transmite a través de sus paredes.
Me siento. Los escritos en corrector del banco arruinan la escena, lo vuelven vulgar y patético, lo hacen parecer común, y es todo menos eso.
Me parece escuchar en este instante los gritos que, en otro tiempo, me decían: Damián, eres un imbécil. ¡Damián, despierta! Oye imbécil, ¿qué miras?... ¿Acaso no tienes amigos? Y yo, acostumbrado a tales exclamaciones, me hundía cada vez más en mis estudios y mi música, y ponía en ellos la esperanza de encontrar la salida de este antro.
Miro mi reloj, son las 7:25. Escucho los primeros pasos del día, me parecen conocidos, como si en estos 12 años de martirio se hubiesen vuelto familiares. Era él, el imbécil de siempre, aquel intento frustrado de celebridad.
Una vez más, como es rutina, se dirige hacia mí, diciendo: A veces me pregunto si te entregaron cariño en tu casa. Hoy llegué temprano solo porque hay examen, pero no me extraña en absoluto que sea ésta tu costumbre.
Siento que la cólera me abrasa. La ira viaja rápido por cada vena de mi desgastado cuerpo, y, por fin, alzado por el coraje, abro mi bolso y extraigo la automática que allí hay, casi por un impulso mecánico.
El tiempo parece detenerse. Apunto hacia él, y aunque no lo crean, considero incluso decir unas palabras, pero no le daría el gusto de saber razones, creo que las tiene claras. Aprieto el gatillo y las pálidas paredes se tiñen con el vino avinagrado que corría por sus venas, uno de los tantos que embriaga mi existir de aflicción.
- Damián ¡Despierta!
Y acá estoy ahora, rodeado de doctores hablándome de un desmayo… en el patio, donde los niños juegan. No sé bien qué me sucedió, pero si algo tengo claro, es lo que haré al salir de esta consulta.

martes, 31 de julio de 2007

"Donde la semilla nunca debió ser plantada"

"Obviando lo cómica que fue la creación de este cuento y la situación en que fue terminado, se puede apreciar como uno de los últimos textos que he escrito. En un principio no fue de mi personal adoración, de hecho todavía dudo mucho de él. Pero en fin, aquí está..."

La resonancia desgraciada, que abundante e insoportablemente retumba en mis oídos, es lo que menos me importa. Acá estoy, nuevamente, al igual que todas las noches, perdido dentro de un laberinto con techo y paredes albas, y un fin y principio sin trazar.
Mis pies están rodeados por zapatos con un peso triple al que tendrían unos normales, y mis manos aparentan estar atadas con cadenas intangibles.
Es un sueño recurrente, pero aunque sepa que lo es, no puedo escapar. Al perseguirme cada noche he llegado a pensar que hay algo en él, algo que debo descifrar.
Intento gritar hasta el extremo de destrozar mi garganta, y cuando abro mis ojos, parte de las paredes y suelo presentan manchas de una sangre que no reconozco como la mía.
No consigo oír nada.
Siento que un frío espectral cubre mi ser, rasgando mi piel y adentrándose sin pedir consentimiento. Ya estoy lleno de él.
“No importa”, pensé. “Saldré de aquí tarde o temprano, esto no puede durar para siempre”.
Me acerco a las junturas entre pared y piso, ansiando ver si hay algún indicio de salida. Me encuentro, para mi asombro, con una suciedad tenue y poco perceptible que me entrega una esperanza. “Es una pista”, razoné, “una indicación de que hay una salida. Tiene que haber un lugar por donde entre toda esta mierda.”
Camino, pero mis zapatos, que en cada paso se vuelven más pesados, me impiden continuar. Tomo sus cordones, los desato y procedo a sacarme estos asfixiantes bototos. Están pegados con una fuerza demoníaca; por más que lo intento, no logran zafarse, están fijos. Fuerza y más fuerza es lo que entrego, y a cambio termino con cuatro uñas en el suelo y un dolor de manos poco tolerable. “Es inútil”, afirmé para mis vísceras.
Con un esfuerzo sobrehumano logro avanzar unos pasos, me afirmo con mis dos destrozadas manos en las paredes, y queda en ellas la marca de mi paso, la evidencia de que alguien pasó por allí, alguien que sentía un dolor más real aún que uno proveniente de la realidad misma.
¿Cometí acaso suficientes pecados como para merecer una eternidad tan sórdida?
Comienzo a cuestionarme, dudar, angustiarme. Fijo cada vez con más frecuencia mi vista en aquel pasillo sin fin, intentando llegar a algo, pero más que blanco, no hay nada.
Mi respiración se dispara, convierte cada inhalación en un fenómeno de segundos. Mi corazón comienza a acelerar sus latidos, cada vez más seguidos, cada vez más fuertes. Mis manos, que maltratadas y frías recibieron su castigo por mi torpeza, empiezan a bañarse en un sudor tan húmedo como el vaho invernal. Mi rostro, que adopta menos expresión conforme pasan los segundos, continúa secuenciadamente a abrir sus ojos y a sentir cómo las gotas de sudor que provienen de su cabeza bañan sus facciones, impregnándolo de un olor asqueroso.
Las tercianas comienzan. Mi boca abierta expele saliva. Intento gritar nuevamente, para que alguien me salve de este estado tan patético y perturbador, pero no es posible. Me consuela saber que aunque pudiera gritar, nadie me escucharía.
Escucho pasos tan lejanos que me desespera su lentitud. Son tan calmados y de un sonido tan nítido, que no me extrañaría que fuesen tacos altos de mujer. Siento cómo se acercan, pero mi ataque es más fuerte y evita que yo pueda poner atención a mi entorno.
Veo el rostro sonriente de mi único amor. Era tan perfecta. Pero no puedo describirla así, debo dar detalles.
Sobre sus hombros y rostro caía una inmaculada cabellera rubia, con un olor tan único y delicioso que jamás olvidaré. Sus ojos no eran tímidos, sino inquisidores, penetrantes. Su nariz parecía tallada por un profesional del oficio, respingada y blanquísima. Sus labios, por último, adornaban con su delgadez a un rostro esquelético e imponente, demasiado bello para mis ojos.
Iba saliendo del gran edificio gris que yace al costado de mi trabajo. Solía observarla cada día con un afán que buscaba nada más que admirarla. Amaba su traje de oficinista, tan pulcro y elegante, tan femenino. Sin embargo, haciéndole honor a su oculto y consciente título de diva, me miraba con desprecio. Claro, todos la observaban de esa manera, así que yo pasaba a ser un simple número más que haría aumentar la suma de babosos seres.
Me frustraba, y perpetraba incluso en mis sueños. Imaginaba en mis noches eternas de cavilación cuánto podría amarla. Podía comenzar por acariciar sus lechosas y suaves mejillas, luego besar sus despampanantes ojos verdes y simultáneamente jugar con su cabello. Para terminar así desprendiéndola de sus inútiles vestimentas. Después, la tomaría por ambas muñecas, arrojándola hacia atrás en una inmensa cama, un catre destinado a ser partícipe de nuestra coalición maestra de amor.
Me empaparía con su aliento y con su saliva, y su mirada me violaría sin siquiera tocarla. Ella pasaría por alto todos mis defectos y se enfocaría en mis virtudes.
Sería la mujer con la que llegaría al altar, pensaba. La imaginaba con su caminar solemne, agarrada del hombro de su padre, deliciosamente preparada para ser la mujer más feliz del mundo. “Acepto”, gritaría. “¡Acepto ser la mujer de este hombre maravilloso!”
Tendríamos un hogar repleto de amor y rebalsado de niños, con un suelo cubierto de innumerables juguetes. Envejeceríamos juntos, sería ella a quien yo le entregaría mi virginidad y a quien le prometería mi más profunda fidelidad.
Gritaría en las noches sin ella, rogaría por sus masajes. Lloraría junto a mis hijos cuando ella muera, dejaría cada martes una rosa en su lápida, y sería en ella donde yo, abatido por su ausencia, moriría.
Y así, comencé cada tarde a observarla, hasta que un día cualquiera me acerqué a hablarle. La invité a un café y ella al aceptar me hizo sentir como nunca antes lo había hecho. Reímos, comentamos hechos en común e incluso compartimos nuestros grupos musicales. Nos encantaba el jazz. Lamentablemente la hora siguió su curso y tuvo que retirarse excusándose en que entraba a trabajar el otro día a las ocho en punto. Sin embargo, besos y caricias fueron manifestados en ese día hermoso de conocimiento mutuo.
Camino a mi casa me di cuenta que no le había pedido su teléfono, ni su dirección, y menos su estado civil.
Fue extraño, ciertamente extraño. Pero salí, decidido a hallarla.
Recorrí calles que mi mente ignoraba e incluso me sentí perdido. Sin embargo, estaba haciendo todo esto por un fin mayor, el fin de mi vida.
Llegué sin darme cuenta a una cafetería que bordeaba la carretera. Cansado y con una decepción inmesurable, pedí un capuchino.
Giré, aún alerta, buscándola, y fue ella quien me encontró a mí. Me miró, claro, era sospechoso verme en una cafetería lejísimos de la civilización y que yo, paradójicamente, vistiera una chaqueta negra con gorro y guantes de cuero.
En fin, tuve que aguantar la cólera. No podía entregarme a todas las emociones que sentía, ya que de haberlo hecho, hubiese liquidado al ser que se me pusiera por delante.
Esperé paciente, oliendo el exquisito café que tenía en frente y consumiendo cuanto cigarro hallaba en mi cajetilla.
Terminó por levantarse, y con su cartera y novio se retiró. No pude evitar seguirles.
Era una noche estrellada, no había una sola nube en aquel cielo tan perfectamente gris. El ambiente vomitaba un frío seco y traicionero, más aún en ese estacionamiento de piedras y paredes destrozadas.
La escuché reír. Se notaba que no tenía noción de cuánto podría reír a mi lado, de cuán feliz podría hacerla. Para mi suerte, mi traje me jugó a favor en aquella oscuridad, me convertí en un ser imperceptible.
Llegaron a su auto, y yo, silenciosamente, desenvainé mi nueva navaja. Ella no podía prestarse para esos juegos imbéciles de citas, en los que podía arriesgar su inmaculado cuerpo. No, yo no lo permitiría. Era la mujer de mi vida, y no podía arriesgarse a ser dañada.
Ese hombre, con su mirada seudo-enamorada y sus chistes de romántico barato no engañaba a nadie. Era claro, quería tan sólo follarla.
Me acerqué por detrás, con mi hombro rodeé su cuello y disfruté rajar su boca. Pero eso no le iba a causar la muerte, lo que significó que no bastaba. Mientras tanto, ella gritaba a mi lado frases como: suéltalo, imbécil. Pero yo sabía que terminaría amándome.
Lo apuñalé hasta sentir que un cansancio había terminado por matar la fuerza de mis brazos. Tiré la navaja y corrí tan rápido como pude.
Salté una verja aledaña al estacionamiento, y desde ahí observé, nervioso, toda la escena que estaría por desarrollarse.
Ella llorando, la mujer desvalida que en sus brazos albergaba al hombre de sus sueños. Los carabineros, con sus linternas, trajes verdes y frases empaquetadas. Y los médicos, con sus artilugios de profesionales inspeccionando el cadáver.
Entre sollozos y gritos de angustia logré distinguir su dirección, y supe que, nuevamente, tendría que ir tras ella. Era mi objetivo, no la dejaría ir.

Esa noche, como era habitual, no pude concebir el sueño. Daba nerviosas vueltas por mi cama, intentando figurar una manera, una obra maestra, para conseguir que aquella mujer llegase a ser mía.
La mañana siguiente, ¡oh, qué grandiosa mañana!
Había despertado con el ánimo renovadísimo, listo para ir en busca de mi amada.
Ordené mi inmunda habitación tarareando una canción que había escuchado días atrás en la radio. Al finalizar, me vestí con el mejor traje que tenía, junté mi dinero y partí a la joyería más cercana.
No podía ser cualquier anillo el que usara mi damisela en apuros, no. Tenía que ser uno de características magistrales, con brillos sobrios y una elegancia digna de su uso. Y en efecto así fue, y fue también la primera vez que sentí que gastar un millón de pesos en una joya valía la pena.
Me dirigí, entonces, al edificio ubicado en Av. Libertador Bernardo O’Higgins, más conocida como Alameda, en busca de la mano de mi amada. Llegué, furtivo y despejado de cualquier pensamiento pesimista, al departamento de mi musa. Toqué incontables veces, recibiendo tan sólo al silencio como respuesta.
Después de unos minutos escuché un grito “¡Ya voy!”. Me acomodé acorde a la situación, hincándome y abriendo la diminuta caja que contenía el anillo. Sentí que mis manos eran cubiertas por un sudor pegajoso que demostraba mi nerviosismo, y mis ojos miraban fijos al suelo, sí, estaba avergonzado. Era una situación incómoda, pero necesaria.
Salió con la dignidad de una viuda, demacrada pero sensual. Preguntó qué era lo que yo quería, por qué estaba en esa posición, como pidiéndole que fuera mi novia, a lo que respondí:

- Es eso lo que quiero, amor mío. Que seas mi novia y seamos ambos los partícipes de una ceremonia celestial, nuestra ceremonia celestial.

Bajo el embrujo espiritual de la incertidumbre me miró, hacia abajo, derramando cristalinas y amargas lágrimas de decepción. No había hecho lo correcto, terminé reprochándome todos los actos en los que había participado. Especialmente los últimos en que quise armar una realidad imposible.
Me paré y la miré directamente a los ojos, ella escrutó mi mirada y en un susurro casi imperceptible dijo, temblando: Fuiste tú ¡Fuiste tú!
Lo sabía, iba a empezar a gritar, pero no se lo permití. Tapé sus exquisitos labios y la arrojé dentro del departamento, cerrando tras de mi la horrible y alba puerta. Pataleó, me escupió y finalmente me ayudó a comprender que ella no podría amarme, no en esta vida. En ese caso, pensé para mí con una maliciosa sonrisa, será en la otra.
Tomé un jarro de cristal precioso de la mesa del comedor y lo destrocé en su cara, destruyendo todas las facciones que me habían enamorado. Ya no existía en este mundo el aliento que me sustentaba felicidad, nunca más escucharía esas palabras mortíferas de fémina demacrada. No, ella ya no estaba viva y nunca más se podría manifestar.

Continúo aquí, en este pasillo donde el tiempo se deforma y pierde su vida, donde yo pierdo mi identidad y mi vida.
Volviendo a lo anterior, ella me miró, y en vez de ayudarme a liberarme de esta patética pose, caminó por sobre mi cuerpo, pisando mi espalda con esos tacos punta de aguja que tanto me gustaban.
Ahora siento pasos provenientes del otro extremo del pasillo. Esta vez no eran femeninos, sino de una masculinidad cruda y terrible. No dudé, eran los pasos de la segunda víctima, la última y más importante. A diferencia de la primera, a él lo conocí de toda mi vida.
Había sido partícipe imprescindible en mi educación y formación desde pequeño, él fue el primero en mostrarme cuán asquerosa podía llegar a ser la realidad. Mi dulce y odiado progenitor.
Desde el suelo puedo imaginar el arsenal de frases despectivas que debe traer con él. Creo que, aún después de muerto, guarda un rencor acérrimo hacia mí por haber sido quién destrozó su sueño americano.
Cuando todo ocurrió todavía podía sentir la transparente inocencia correr dentro de mis venas. En esa remota época dejaba las tardes pasar, recostado en mi cama e imaginando qué futuro me esperaba. Mi madre llegaba a las siete, y mi padre a las nueve.
La mañana anterior al día en que mi padre comenzó a odiarme había avisado que me ausentaría a la once de la tarde, ya que tenía que hacer un trabajo de matemáticas en la casa de un amigo. Perfecto, me dijeron. Le pidieron a la nana que se fuera temprano y cada uno siguió haciendo su vida.
Mi amigo, por problemas de salud, me pidió ese día en la escuela que por favor hiciéramos el trabajo al otro día. Ningún problema, le dije, yo me iré a mi casa entonces.
Llegué como todas las tardes a mi hogar, pero me percaté de que algo no encajaba. El auto de mi padre todavía estaba afuera. Me extrañó, aunque no lo suficiente. Entré, dejé mi bolso en el sillón y fui tranquilamente a su habitación, pensando que podía haber enfermado y que por esa razón se había ausentado al trabajo.
Ja, pienso ahora. ¡Qué inocente fui!
Al abrir la puerta encontré escondido entre un ambiente de gritos, humo y humedad a mi padre, en los brazos de una nauseabunda cortesana que a su vez era la secretaria de la empresa.
Enmudecí, y gracias a eso él no percibió mi aparición. Tomé mis cosas y corrí como pude al local de mi madre. Ni siquiera toqué la puerta, entré y al verla entre los accesorios que vendía me dirigí a ella.

- Mamá. El papá está con otra mujer, en la pieza, no fue a trabajar. Estaba encima de él, y la pieza olía a algo así como caca de caballo –le dije.
- Amor, quédate aquí. Yo iré a ver qué es lo que pasa.

Y partió, decidida, a encarar a su marido infiel y descarado. Ahora creo que ella tuvo las razones suficientes, o sea, pensándolo bien, fue una excelente mujer, fiel y sacrificada; mientras que él se revolcaba en la cama matrimonial con una mujer que definitivamente no era su esposa.
El divorcio fue inmediato. Y yo, desde ahí, viví solamente con mi madre.
Mi padre solía ir a buscarme todos los domingos, hasta que un día le dije que había sido yo quien le dijo a mi madre sobre la secretaria.

- Así que tú fuiste, pendejo de mierda. ¡Ándate de aquí! Sanguijuela asquerosa, eres igual a tu madre.

Nunca más, hasta el día final, volví a verlo. Años después, el asesinato de mi amada me había vuelto un ser frío, sin anhelos ni esperanzas. Sentí en ese momento que no tenía razones para vivir, excepto la venganza. Y si esa era mi razón de vivir, había una pieza que faltaba, su muerte, la muerte del hombre que había jodido cada uno de mis pensamientos, que me había restregado en el rostro que la felicidad era un sueño tan poco realizable como volar o convertirse en un ser inmortal.
Quería para él una muerte magistral, con un redoble de tambores y millones de aplausos de espectadores aledaños. Sí, quise hacerlo público.
Él había robado mis ilusiones destruyendo mi capacidad de amar hasta el fin de los días. Y yo, inocente, me había aferrado a ellas con un fervor casi omnipotente, un fervor capaz de todo.
Tenía la convicción de que no le daría en el gusto, encontraría mi destino junto a una bella mujer que me amase hasta el fin. Haría que todas mis visiones torcidas tuvieran un propósito, y el mío era éste, la estabilidad matrimonial.
Recuerdo que fui a buscarlo una noche, una noche bañada en una humedad pegajosa que impregnaba en mí su hedor. Salía de su trabajo, de aquel edificio al que años atrás se había ausentado por razones de fuerza mayor, razones de neta y repugnante necesidad sexual.
No era el mismo hombre que había visto con rencor todos estos días; estaba viejo, demacrado por los infinitos años que separaban ambos hechos. Su cabellera ya no tenía su tono azabache, había sido reemplazado casi completo por el color blanco de las canas. Su rostro se había arrugado al igual que una bola de papel al ser abierta. Se veía incluso tierno, pero yo no lo miraba con esos ojos.
La noche anterior había planeado todo. Armé, con hilo curado y dos manoplas que usaba en mis años rebeldes, un artefacto lo suficientemente peligroso como para que yo al usarlo saliese lastimado. Después de verlo muerto, nada más me importaría, así que eso no tenía mayor relevancia.
Lo seguí unas cuantas cuadras a una distancia tan discreta que parecía despistada. No quería por ningún motivo que su muerte fuese desapercibida, así que, al primer cruce de calle, lo abordé por detrás, rasgando su cuello y derramando en las calles aquel elixir carmesí que tanto ansiaba ver.
Al igual que en las peleas callejeras fuimos rodeados por espectadores shockeados y encantados. Me sentí algo así como importante, había entregado algo de interés a sus vidas.
Sin embargo, uno de ellos era un carabinero. Me tomó sin yo percatarme y solamente alcancé a causarle un rasguño en su ceño. Por lo menos me recordaría de por vida, pensaba.
Desde allí, hasta este momento, más que rejas, soledad y juicios no existió nada en mi vida.
Y aquí estoy, con esos recuerdos difusos.
La espera ha terminado. Pude percibir la calma antes de la tormenta, un silencio que reina en el ambiente posterior a la pasada de mi padre por mi espalda, pasada que tuvo un estilo similar al de mi amada. Me siento rodeado de cercos eléctricos que queman mi piel, tiemblo, y mi nariz degusta un olor parecido al de un asado de carne de vacuno.
Siento aplausos a mi alrededor, y recuerdo, en mis últimos minutos de vida, una frase que escuché hace cinco minutos y no había procesado.

- Hernán Javier Piazzolla Portigliati, en vista de que has sido hallado culpable de tres homicidios premeditados a través de una corte honorable, será aquí, en la silla que ahora está debajo tuyo, donde perecerás. Ahora el padre te absolverá para que así entres, perdonado, al reino del señor.

Lo último que puedo ver es a una audiencia de unas cien personas, y a unas ochenta de ellas mirándome fijamente. Intento esbozar una sonrisa, después de todo había sido un imbécil. Pensé que dedicando mi vida al amor ella cobraría sentido, pero solamente le dio protagonismo a la venganza. Es increíble, pero en mi último suspiro susurro: "No me arrepiento".