"Me consuelo pensando en que esto recide solamente en mi imaginación..."Odio esos días en que te bañas y te vistes sólo para rondar por tu casa, ver alguna película repetida en el cable, leer un libro por tercera vez y respaldarte en que es uno de tus favoritos para no sentirte mal por no tener plata para comprar uno nuevo, contar minuciosamente las fisuras del techo, o simplemente para hacer nada. Hoy me tocó uno de aquellos.
Me levanto y aborrezco sentirme solo, puesto que sentirse así trae consigo la necesidad de hacer retrospectivas estúpidas sobre cosas que hice y dejé de hacer, únicamente para castigarme fuera de plazo y refregarme en la cara que soy más fiasco de lo que pensé anoche mientras bebía y fumaba como imbécil escuchando mi cd depresivo favorito y pensando, ilusamente, en los caminos que podría tomar para alcanzar un pasar decente. Lo lamento, no soy idealista y me resigno a la idea de serlo; guatón pero no huevón.
El café me sabe más amargo que de costumbre, creo que es porque no he cambiado el filtro de la cafetera; un ejercicio que llevo semanas posponiendo. Me quemo tostando el pan y no sé si reir o llorar. Mientras camino para sentarme a la mesa piso mierda del gato que llegó a mi casa hace dos días, del que me habría olvidado completamente si no fuera por su gracia.
Suena mi teléfono, y después de pensar en destrozarlo con un mazo gigante o dispararle con una bazuca, lo contesto.
- ¡Feliz santo! –grita una voz al otro lado del teléfono.
Prefiero cortar. ¿Para qué pelear por algo que no tiene pies ni cabeza? Además siento mi piel sensible a cualquier toque, roce o sensación. Mis poros son navajas antes de las ocho de la mañana.
Estoy frustrado. Llevo años pretendiendo ser alguien y no pasa nada. Llevo años intentando ser un aporte y no lo he conseguido. El tiempo se me va y no he alcanzado ninguno de los objetivos que fueron bencina para mi adolescencia y que ahora están esperando por ser tomados en cuenta.
Abro mi refrigerador y me saludan dos cucarachas contentas por el festín de alimentos podridos que hay allí dentro. Me miro al espejo y no me veo a mí, sino a mi imagen atropellada y baleada; no quiero reconocer que ése imbécil ojeroso soy yo.
En las mañanas doy vergüenza ajena y agradezco que no haya nadie cerca para verme, ya que prefiero vivir esta indecencia dentro de las cuatro paredes que, aunque cayéndose a pedazos, cumplen su función de separarme del mundo exterior.
En mi mente preparo un día ideal. Haré esto y lo otro. Prepararé esto, y aquello también pero con más preparación. Llamaré a X y a Z. Saldré con Y, espero que funcione algo entre nosotros. Cuando termino de preparar mi día comienzan las noticias de las 9.
- ¡Qué desperdicio! –concluyo antes de acostarme.