"Mi contribución al espíritu navideño..."Francisco estaba acongojado. Él era padre de tres niños: Pablo de cinco años, Roberto de ocho y Maximiliano de diez. Su aflicción se debía a que el mayor de sus hijos, Maximiliano, había visto en la televisión un comercial que dejaba entrever que el Viejito Pascuero no existía. La tarde de navidad, ya cansado de pensar en una respuesta, Maximiliano se dirigió a su padre y le preguntó si el Viejito existía.
- Emh… -Francisco tartamudeaba, no sabía qué responder. Claro que existe, mira, llamemos a tu mamá.
Él siempre estuvo en desacuerdo con la idea de que le dijeran a sus hijos que existía el Viejito Pascuero. No consideraba necesaria la mentira, de hecho, siempre decía que era un potencial sufrimiento para un niño en plena inocencia. Pero su señora, Paulina, le replicaba que no era posible, porque todos los niños del curso iban a estar encantados con la mágica ilusión navideña, y si alguno de ellos no creía, todos se iban a contagiar con la verdad y la navidad iba a terminar siendo un fiasco. Así que, obligadamente, Francisco tenía que sumarse a la gran masa de padres que inculcaban en sus hijos lo que, según él, era un potencial sufrimiento.
Paulina llegó hasta Francisco y Maximiliano, los sentó en la mesa y les preguntó qué era lo que ocurría. Francisco le explicó a Paulina que Maximiliano había visto en la televisión un comercial que desmentía lo que ellos llevaban años, como matrimonio, afirmando. Paulina, ya cansada con la ardua tarea de preparar la cena, se llevó las manos a la cabeza y sentenció, firme como un roble:
- Mira, Maximiliano. Me cuesta un poco explicarte esto, pero te lo diré así: es una costumbre mundial que, en las noches del 24 de diciembre, se celebre el nacimiento de Cristo. Con el paso del tiempo esta celebración se fue modificando y se comenzó a utilizar como una excusa para intercambiar regalos con el fin de dar felicidad a quienes los reciben. La verdad es que no sé por qué inventaron el tema del Viejito Pascuero. Debe ser una leyenda que la gente se encargó de patentar. No lo sé, la verdad. Pero tienes que entender que, por el bien de tus hermanos, el secreto debe quedar entre nosotros tres. Todavía les quedan años en que la ilusión y la fantasía les llenarán los corazones, así que tú, por favor, debes quedarte callado.
- Sí, mamá. Aunque creo que es mejor una verdad dolorosa que una mentira agradable. Cuando tenga a mis hijos no les mentiré –dijo seriamente Maximiliano.
Paulina miró sonriente a Francisco, le dio un beso en la frente a Maximiliano y se fue. Al ver a su madre irse, Maximiliano le confesó a su padre que había visto el comercial junto a todos sus hermanos. Francisco, todavía acongojado con la situación, no supo qué decir. La verdad es que aquello le daba lo mismo, pero la idea de ver a sus hijos llorar le partía el corazón y lo empujaba a seguir mintiendo. Le pidió a Maximiliano que llamara a sus hermanos para explicarles. Maximiliano asintió, con mala cara, y fue en busca de ellos.
Pablo y Roberto llegaron algo taciturnos. Francisco, intentando levantarles el ánimo, les dio a cada uno un pedazo de sus respectivos chocolates favoritos.
- Para que se endulcen la vida –dijo Francisco.
Francisco no sabía por dónde comenzar. Les habló de las navidades que había vivido cuando era niño, de los colosales regalos que le habían llegado y del país en que nació. Después de casi una hora de desviarse del tema, Francisco encaró su miedo y les dijo:
- Chicos. Siento decirles esto, pero el Viejito Pascuero no existe. Les mentimos, espero que nos perdonen.
Pablo y Roberto se miraron, y en un dos por tres se largaron a reir. Fueron a abrazar a su padre y le dijeron que siempre lo habían sabido, porque hace años, en una búsqueda sin fin, encontraron los regalos escondidos en el closet de su madre. Lo conversaron con una profesora del colegio y ella les dijo que alimentar la mentira sobre la existencia del Viejito Pascuero era una manera de expresar amor hacia ellos. Entonces, los tres hermanos, se juntaron para ver hasta dónde llegaba la farsa, porque así averiguarían cuánto los querían.
Paulina llamó a todos a cenar, y en un esfuerzo por alimentar la destruida ilusión de sus niños, había contratado a un Viejito Pascuero para que se sentara la mesa con ellos. Los tres niños junto a su padre rieron, a lo que Maximiliano, el más incrédulo de todos, dijo:
- Pobre caballero. Que se saque esa peluca ridícula y se siente a la mesa como la gente normal. ¿Necesitamos una mentira piadosa para pasar una buena navidad, o basta con cenar y conversar de la vida? Creo que todos sabemos cuál es la mejor opción…





