lunes, 24 de diciembre de 2007

"Un real cuento navideño"

"Mi contribución al espíritu navideño..."

Francisco estaba acongojado. Él era padre de tres niños: Pablo de cinco años, Roberto de ocho y Maximiliano de diez. Su aflicción se debía a que el mayor de sus hijos, Maximiliano, había visto en la televisión un comercial que dejaba entrever que el Viejito Pascuero no existía. La tarde de navidad, ya cansado de pensar en una respuesta, Maximiliano se dirigió a su padre y le preguntó si el Viejito existía.
- Emh… -Francisco tartamudeaba, no sabía qué responder. Claro que existe, mira, llamemos a tu mamá.
Él siempre estuvo en desacuerdo con la idea de que le dijeran a sus hijos que existía el Viejito Pascuero. No consideraba necesaria la mentira, de hecho, siempre decía que era un potencial sufrimiento para un niño en plena inocencia. Pero su señora, Paulina, le replicaba que no era posible, porque todos los niños del curso iban a estar encantados con la mágica ilusión navideña, y si alguno de ellos no creía, todos se iban a contagiar con la verdad y la navidad iba a terminar siendo un fiasco. Así que, obligadamente, Francisco tenía que sumarse a la gran masa de padres que inculcaban en sus hijos lo que, según él, era un potencial sufrimiento.
Paulina llegó hasta Francisco y Maximiliano, los sentó en la mesa y les preguntó qué era lo que ocurría. Francisco le explicó a Paulina que Maximiliano había visto en la televisión un comercial que desmentía lo que ellos llevaban años, como matrimonio, afirmando. Paulina, ya cansada con la ardua tarea de preparar la cena, se llevó las manos a la cabeza y sentenció, firme como un roble:
- Mira, Maximiliano. Me cuesta un poco explicarte esto, pero te lo diré así: es una costumbre mundial que, en las noches del 24 de diciembre, se celebre el nacimiento de Cristo. Con el paso del tiempo esta celebración se fue modificando y se comenzó a utilizar como una excusa para intercambiar regalos con el fin de dar felicidad a quienes los reciben. La verdad es que no sé por qué inventaron el tema del Viejito Pascuero. Debe ser una leyenda que la gente se encargó de patentar. No lo sé, la verdad. Pero tienes que entender que, por el bien de tus hermanos, el secreto debe quedar entre nosotros tres. Todavía les quedan años en que la ilusión y la fantasía les llenarán los corazones, así que tú, por favor, debes quedarte callado.
- Sí, mamá. Aunque creo que es mejor una verdad dolorosa que una mentira agradable. Cuando tenga a mis hijos no les mentiré –dijo seriamente Maximiliano.
Paulina miró sonriente a Francisco, le dio un beso en la frente a Maximiliano y se fue. Al ver a su madre irse, Maximiliano le confesó a su padre que había visto el comercial junto a todos sus hermanos. Francisco, todavía acongojado con la situación, no supo qué decir. La verdad es que aquello le daba lo mismo, pero la idea de ver a sus hijos llorar le partía el corazón y lo empujaba a seguir mintiendo. Le pidió a Maximiliano que llamara a sus hermanos para explicarles. Maximiliano asintió, con mala cara, y fue en busca de ellos.
Pablo y Roberto llegaron algo taciturnos. Francisco, intentando levantarles el ánimo, les dio a cada uno un pedazo de sus respectivos chocolates favoritos.
- Para que se endulcen la vida –dijo Francisco.
Francisco no sabía por dónde comenzar. Les habló de las navidades que había vivido cuando era niño, de los colosales regalos que le habían llegado y del país en que nació. Después de casi una hora de desviarse del tema, Francisco encaró su miedo y les dijo:
- Chicos. Siento decirles esto, pero el Viejito Pascuero no existe. Les mentimos, espero que nos perdonen.
Pablo y Roberto se miraron, y en un dos por tres se largaron a reir. Fueron a abrazar a su padre y le dijeron que siempre lo habían sabido, porque hace años, en una búsqueda sin fin, encontraron los regalos escondidos en el closet de su madre. Lo conversaron con una profesora del colegio y ella les dijo que alimentar la mentira sobre la existencia del Viejito Pascuero era una manera de expresar amor hacia ellos. Entonces, los tres hermanos, se juntaron para ver hasta dónde llegaba la farsa, porque así averiguarían cuánto los querían.
Paulina llamó a todos a cenar, y en un esfuerzo por alimentar la destruida ilusión de sus niños, había contratado a un Viejito Pascuero para que se sentara la mesa con ellos. Los tres niños junto a su padre rieron, a lo que Maximiliano, el más incrédulo de todos, dijo:
- Pobre caballero. Que se saque esa peluca ridícula y se siente a la mesa como la gente normal. ¿Necesitamos una mentira piadosa para pasar una buena navidad, o basta con cenar y conversar de la vida? Creo que todos sabemos cuál es la mejor opción…

sábado, 22 de diciembre de 2007

"Idealización"

"Texto antiguo..."

Si el mundo fuese un lugar ficticio de instancias irreales y personalidades modificables teniendo su creación y proceso dentro de mi mente, sería esta la más grande, hábil y aún más perfecta que Dios, ya que creó tu semblante y preciosos ojos penetrantes. Parte de mis creaciones mentales serían llevadas a cabo por un pincel de cerdas manufacturadas con el objetivo de traer a la vida tu belleza y que después del arduo trabajo de darte vida, morirían cansadas por haber sido las responsables de tan hermoso hecho…

miércoles, 19 de diciembre de 2007

"Celeste, naranjo, gris y negro"

"¿Cuántos atardeceres me quedarán para sentar cabeza?"

Si me limitase a ver al anochecer como una sucesión tan frívola de colores, estaría perdido y seguramente no tendría nada más entre las manos. Estaría incluso más perdido que ahora, ya que con cada anochecer mi apuesta por la vida aumenta, como también aumenta la cantidad de gramos de esperanza que me quedan y que terminan antes del anochecer del día siguiente como un montón de papeles quemados para después volver a formarse con el desplante de colores que antecede a la noche y constituir este maldito círculo vicioso que me mantiene en pie convenciéndome de un futuro mejor que finalmente no llega.
Es una costumbre que se asemeja a las antiguas letanías religiosas que de tanto aburrir dejaban en los recitadores y oyentes un resabio de escarmiento que les permitía vivir tranquilos, pues las sentían como un castigo y por lo tanto también como un pago por sus pecados. Miles serían las letanías que tendría que recitar si quisiera una absolución de este tipo, pero no es el caso, puesto que sé fehacientemente que aquello no me entregaría la paz que necesito; mis letanías son de otra índole, una mucho más dolorosa y satisfactoria que la que ahora cito.
Es una lástima que mi salud mental dependa de un mecanismo tan desgastador como este. Desearía una salida alternativa, aunque tenga la segurdad del vacío que dejaría dentro de mí y el sabor de haber dejado de ser yo… una vez más.
Me resigno a seguir siendo un ser que deseoso de quitarle el sufrimiento a los demás procura dentro de su inconsciencia un dolor aun peor, para él por frustrarse y para los otros por querer entenderlo.

sábado, 15 de diciembre de 2007

"5:30 am."

"¿Alma de soñador?... Me encantaría cambiar el mundo..."

Es una costumbre inherente e involuntaria que todas las noches se manifiesta recordándome que no lo he superado. Abro mis ojos y echo un vistazo alrededor, asustado, examinando mi entorno en busca de algo que me aferre a la realidad para así comprobar mi incorporación al mundo.
Aún es de noche, por lo que veo a mi universo en una escala monocromática donde los objetos parecen más lejanos que de costumbre. Mi garganta me está matando, siento que una llama fluye desde adentro… una flamígera sed me ataca. Me visto y voy en busca de algún líquido agradable que calme este ardor para después volver al tortuoso sueño que, antes de despertarme, me hacía sentir radiante sólo porque en él existía armonía y la existencia utópica que me hace falta: en él estábamos juntos. Hay noches en que creo que este peculiar despertar es parte de mis vivencias oníricas. El caminar lento que me recuerda al ilógico paso que llevan los hombres en largas filas es una característica irrefutable de mi comportamiento nocturno, como también lo son los porrazos con las cosas que no veo, la frustración que se pronuncia al percatarme de que mi vida es un callejón sin salida y el violento encuentro de mis ojos con la invasiva luz del refrigerador. Vuelvo a mi cama, abrazo a mi almohada y me doy vuelta, en posición fetal, con el objetivo de reanudar mi sueño.
- Lo lamento, sé que soy culpable -te dije apenas te vi entre las nubes de mi visión.
- Este sueño es más corto que los anteriores, por lo tanto tengo menos tiempo para decírtelo -me contestaste.
- ¿Me hablarás sobre la insípida lluvia que ahora nos moja?
- No hay tiempo para hablar de simbolismos.
- Entonces… ¿qué me dirás?
- Ahora te estoy diciendo mucho… Aprende el idioma del silencio, sólo así puedo expresarme.
No me dejaste responder cuando diste media vuelta y comenzaste a caminar en sentido contrario a mi presencia. Desperté con un leve temblor. Me toqué los ojos y lo comprobé, estaba llorando.
- Mierda –grité. Ya son las seis y media… debo levantarme.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

"Soñé que despertaba"

"Texto que encontré olvidado por ahí. La verdad ni siquiera recuerdo cuando lo escribí, pero al releerlo lo creí interesante... ¡Gracias Daniela! =)..."

Soñé que despertaba, y que frente a mí se encontraba un espejo de cuerpo completo. En él había un hombre de uñas carcomidas por mordiscos ansiosos y ojos inyectados en sangre. Le escurrían gotas de sudor por la frente, tenía manos húmedas, dientes apolillados por infinitos cigarrillos y dedos de un dorado nicotinoso. Lo caracterizaba un tick: un mascar constante de chicle. Estaba poseído por sus ganas de escapar y rendirse. Veía letras escritas en sangre. Recordaba ideas perturbadoras. Sentía pasar por él un falso arrepentimiento de algo autómata y desquiciado. Estaba rodeado por miles de ojos que lo violaban. Tenía visiones rápidas. Escuchaba risas nerviosas. Lo cubrían gritos, susurros y lecturas de labios. Debajo de él estaban unas botellas desocupadas de alcohol que él desconocía. Vacío, vacío y vacío.
Él era un protagonista de descripciones macabras actuando su afamado papel irascible. Caminó hasta el balcón de su departamento y desde su núcleo interno, inflanqueable e idiotizado por las drogas ingeridas, gritó:
- Sí. ¿Debería pedir perdón o retractarme? Pues lo siento, no estoy en necesidad de clemencia.
Manos tiesas. Respiración detenida. Baño de fluidos internos.
Acabó diez pisos más abajo, destrozado, sin alcanzar a escuchar lo que dijo su interlocutor:
- Me das vergüenza.
Soñé que despertaba, pero terminé dándome cuenta de que estaba en una habitación más del pasillo transparente que me desvía de la vida.

miércoles, 5 de diciembre de 2007

"El viaje de Tati"

"Ella es Tati, un ícono subercaseano, y esta es su historia..."

- Una chiquilla como ud. no debería andar solita por la calle, hermosura –le gritó un obrero.
Tati, tan linda e inocente como Dios la trajo al mundo y como ella quiso permanecer en él, decidió aquella tarde irse sola desde el colegio a su casa. Nunca lo había hecho, aunque le había jurado a su madre que conocía el metro porque antes había leido un mapa del transantiago. Pero, al parecer, eso no fue suficiente.
Ese día salió de clases a las dos de la tarde. Tatiana (Tati para los amigos) se fue riendo y comentando las desgracias de algunas chicas del colegio. Entre esas, había una muy buena en la que una compañera de curso de su hermana, y también prima de ambas, se cayó de boca mientras hacía eduación física. Tatiana era regia, de hecho, ella se definía como una bomba sensual de un metro setenta y tres de altura. Para todos los que la conocían era ella un ícono peloláis, con la única diferencia que era inteligente.
Caminó con sus compañeras hasta el metro, donde se despidió ya sudando en frío por no saber qué dirección tomar. Miró y pensó: ¿vespucio norte o la cisterna? Mhm. Vespucio norte, porque mi casa queda cerca de ahí. Ah, concluyó, soy seca.
Como Tati no estaba acostumbrada a los atochamientos del metro, sintió que todos se habían confabulado para hacerle el viaje más desagradable. Se urgió pensando en que tenía algo que a los demás desagradaba, puesto que estaba rodeada de gente que decía insultos y no olía de la mejor manera. Tati estaba traumada y extrañaba, muy dentro de ella, el auto que la iba a buscar todos los días. En el tramo que unía el metro Toesca con la estación Los Héroes se sintió un leve olor a quemado, se cortaron las luces y el tren progresivamente continuó disminuyendo su velocidad. Tati pensó que lo peor le había pasado a ella. Se arrepintió de haber tomado una determinación tan tonta como irse sola, pero ya estando ahí, se resignó a soportarlo. Escuchó a los demás decir que el nuevo sistema de transportes era una mierda, y ella estaba completamente de acuerdo. Un caballero harapiento y de unos cincuenta años de edad comenzó a discutir con un joven que no le quería dar el asiento, y dentro del altercado verbal se escaparon unos golpes. Tati no podía soportarlo, así que miró para afuera rogándole a Dios que la sacase de ahí. Las luces volvieron a prenderse, el aroma a plástico se disipó, el tren volvió a la marcha y por los parlantes se escucharon las disculpas del conductor. Le agradeció a Dios por el favor, y siguió su viaje sin rumbo hacia su casa ubicada en Peñalolén.
Al ver que todos se bajaban en Los Héroes, Tati creyó que ahí tenía que bajarse también. Después de haberse empujado con la ola de gente que tenía al otro lado de la puerta, comenzó a preguntarse sobre su nueva dirección: ¿Escuela Militar o San Pablo? Concluyó que para agradecerle a Dios por el favor tenía que tomar la dirección San Pablo, ya que era un santo al que iría a ver, supuestamente.
Siguió los letreros que le indicaban la combinación, y entre muchedumbres apestosas llegó a la puerta de su nuevo vagón. Arrinconada dentro del metro, pidió perdón por todas las veces que se había reido de los demás y por el odio que le guardaba a algunas personas, especialmente una que iba en su mismo curso. En voz baja, citó:
- Francisca, sé que eres una perra, pero lo siento por haberte odiado tanto.
Mientras Tati miraba por la ventana y veía que en Pajaritos había hacia donde mirar, escuchó el grito de una mujer desesperada peleando con su, si se puede decir así, pololo:
- Y voh’, sapo reculiao’. Me hai’ cagao’ la terrible de cantidad de veces y te vení’ a hacer el santo. Voh’ no saí’ nah’ lo que he sufrido por tu culpa. El cauro chico te odia, culiao’ –el novio, un hombre corpulento y de maneras animalescas la comenzó a zamarrear.
- ¿Y qué te las vení’ a dar de santa, puta reculia’? Mira que a voh’ te conocí en la calle, putita, y que yo sepa las damitas no se andan posando nah’ en las esquinas ni en los semáforos. Eri’ terrible tránfuga –sentenció.
- Suéltame, conchuo’. ¿No veí que estoy preñá’? –gritó aun más fuerte que antes.
- Ese crio bastardo no es mío. Puta de mierda, ¿cómo va a ser mío si ni me dai’ la pasaa? –el novio le lanzó un puñetazo en la boca mientras ella lloraba desconsoladamente.
Tati no cabía en sí del impacto. Todo lo que había intentado obviar en su vida le era presentado de manera brutal y desconsiderada. Rogó que su mamá la llamase al celular, pero nada. Y como Tati no le tenía minutos en el suyo, tuvo que seguir su cofradía interminable hacia su hogar.
En el poco tiempo que la separaba de la estación terminal San Pablo, recordó al chico que le había robado el corazón. Era un amigo de su hermana que se parecía mucho a uno de sus ídolos musicales. Él era filete, aunque sólo hablaban por messenger. En persona Tati, debido a su naturaleza tímida, se cortaba y le costaba hablar. Con el paso del tiempo Tati comenzó a aburrirse, y pensó reiteradas veces en la posibilidad de descartarlo y desterrarlo de su corazón, pero, como toda mujer, tenía el problema de que su corazón y su mente no razonaban de la misma forma.
- Cómo me gustaría que estuvieras aquí –susurró esperanzada.
Llegó a la estación terminal esperando que fuera una que quedase cerca de su casa. Se bajó y caminó por Avenida Neptuno esperando encontrar alguna referencia, pero no había nada más que un lugar que ella no conocía, y muchos chicos hiphoperos y reggaetoneros de dudosa procedencia. Tati palideció. Miró para todos lados, desorientada, a lo que uno de los jóvenes antes mencionados se acercó diciéndole:
- Hola preciosa. ¿Pa’ dónde quiere ir? –profesó intentando ser canchero. Yo la puedo llevarla a ver las estrellas.
- No, gracias –dijo Tati sonriendo, ya que había encontrado a alguien que podía ayudarla. Estoy buscando mi casa, vivo en Peñalolén.
- Jajaja. Pero lolita, está más perdida que la cresta. Acá estamos a la chucha de Peñalolén. Pero mejor véngase para acá y quizás con un cariñito se oriente.
- Suéltame, pervertido –gritó Tati.
Comenzó una retirada hacia el metro, lugar donde al menos se sentía segura. Rogaba por la llamada de su madre. Y, no en vano, minutos después la recibió.
- Amorcito. Dime dónde estás –dijo afable su madre.
- Mamá, mamá… ¡estoy perdida! –respondió Tati quebrándose.
- Tranquila, mi amor. Yo sabía que eso te iba a pasar, pero como tenías tan metida la idea de irte sola preferí dejarte para que aprendieras. Ahora dime, ¿dónde te voy a buscar?
Alrededor de cincuenta minutos después llegó la madre de Tati a buscarla. Toda su familia disfrutó su relato diciendo que eso le iba a ayudar a crecer, pero ella, sin habla a raíz de la situación recién vivida, se prometió nunca más posar un pie en el metro.

Y esta es la historia cosmopolita de Tati, una adolescente normal en búsqueda de su lugar en el mundo y de su amor prohibido.

lunes, 3 de diciembre de 2007

"Ni el primero, ni el último, ni el único..."

"Retrato de una realidad. Tranquilos, a todos nos ha pasado alguna vez..."

Estación de metro Santa Lucía. Tres treinta de la tarde. Dentro de aquí hace un calor terrible, aunque me consuelo pensando en que vale la pena esperar; el verano me idiotiza a más no poder. Mientras aguardo la llegada de mi cita me siento en un rincón de la estación, justo debajo de los teléfonos públicos, a mirar a los transeúntes. Disfruto con imaginar las razones de sus viajes y la manera en que viven; me gusta estructurar sus vidas en mi mente aunque sepa que es muy probable que me equivoque. Me fijo en una persona en particular, un chico de shorts grises y polera casual que debe oscilar entre los 18 y 20 años. En sus ojos, a pesar de que no alcanzo a distinguir el color, veo una tristeza acumulada. Parece que esperase a alguien, aunque aparentemente está resignado, ya que actúa de la misma forma que yo: observando. Encima de él hay una mochila, bolso del que extrae un libro para apaciguar la tediosa espera. El libro es El Perfume, así que infiero que es uno más de la gran lista de personas que se interesaron por aquella lectura a raíz de su aparición en la pantalla gigante. Una lástima, concluyo, pues no es un lector dedicado.
Miro nuevamente mi celular, son las cuatro un cuarto y no tengo mensajes de texto ni llamadas recientes. No me desespero. Paciencia, me repito, paciencia. El joven continua leyendo su libro. Por un instante me devuelve la mirada. Y yo, por reflejo, la fijo en otra parte esperando que no se dé cuenta de mi patológica entretención.
Mi pendrive se queda sin pilas. Mi espera será peor de lo que pensaba. Al menos Portishead me permitía irme en voladas personales, evocando lugares y situaciones de mi agrado, pero ahora no me queda más que convivir con la tortuosa reverberación del último hit de Shakira y el sonido de las máquinas por las que se pasa la tarjeta Bip.
Siento que el tiempo se pega con la humedad del ambiente, y que gracias a eso se demora aun más en pasar. Este lugar es una mezcla de olores. Pienso que deberían hacer una campaña para incentivar el uso del desodorante, además de hacer unas cuantas clases de aseo personal general y educación. A este país le falta tanto para ser desarrollado, concluyo.
Mi compañero en la soledad de la espera abandona su lectura. Supongo que se aburrió y decidió quedarse con la imagen mediocre de la película.
Son un cuarto para las cinco. Me harto y llamo por teléfono a la persona que espero, le pregunto por qué se demora y me contesta:
- Mierda. ¿Habíamos quedado hoy en juntarnos? Te juro que lo olvidé.
- Sí. En fin, después de más de una hora esperando me doy cuenta de que nunca tuve que haber venido. Cuídate. Adiós –respondo idiotizado.
- Pero… Espera, ¿dónde estás? –no permito que termine la frase, corto antes.
Recapitulando: tengo calor, llevo más de una hora sentado, se me acabaron las pilas del pendrive y lo único que hago es mirar a los demás. Si me contaran la historia de alguien con mis características, de seguro respondería “llévenlo a un loquero”. Sí, toqué el fondo de lo patético en el ser humano. Aun así, no quiero levantarme todavía. Al menos hay alguien en mis mismas condiciones. Me decido a ir a un bar de mala muerte, pedir un pitcher y fumarme una cajetilla completa de marlboro corriente. ¡Oh, qué placer me espera! Al menos compensa en algo la espera. Necesito darme un gusto. Pero no todavía, quiero terminar mi proyecto de observación.
Él todavía no se mueve de donde está. Es extraño, pues llegamos juntos al lugar y ninguno de los dos se ha ido todavía. Por primera vez en este rato nos miramos. Él me sonrie sabiendo que estamos juntos en esta cofradía patética. ¡Qué desgracia es que te dejen plantado!