"Por fin subo algo que me gustó. Espero no ser el único al que le guste xD. Cuando terminen pensarán: ¿a quién no le ha pasado?"Fue como la ruptura de una débil capa de plástico en cuya superficie habían cargadísimas bolas de acero. La lluvia cayó así, con la fuerza de las bolas acompañadas de su energía física destructiva. Hubieron segundos en que no pude escuchar más que el entrecortado sonido de las gotas en el tejado, y respondí al ruido, cansado y exasperado, prendiendo un cigarro. Maldije a Dios un par de veces, ya que de existir habría mandado esas nubes malditas justo encima mío, para interrumpirme cuando menos debía ser interrumpido. Estaba sufriendo, sí, y la lluvia se desplomó como la banda sonora perfecta para mi desgracia.
Aquella oscura tarde la dediqué al análisis de mis sueños, ¡tanto había de oculto en ellos! Llegué a pensar que el subconsciente era lejos lo más torcido que había sobre la faz de la tierra, puesto que ocultaba todo lo que acumulado por años guardamos en cajas que sellamos y sobre las que colocamos la palabra “deseos”, para después tirarlas al fondo del ático y así creer que las perderemos para siempre. Pero sin percatarse de que en los sueños los deseos se filtran desde nuestras cajas y entre adormecidas neuronas y venas hinchadas llegan cuando menos se espera. Muchas revelaciones arribaron por el método que describo, y aunque no crea en el destino, me atrevo a decir que mi subconsciente me llevó a vivir lo que mis sueños me advirtieron.
Había aspectos de mí que en status quo yacían sin vigilancia. Estas características detonaban en mí sórdidos sueños de terrible índole casi siempre relacionados con la muerte. En un principio me consolé pensando que al morir en un sueño uno se da más vida, pero como dice la frase “el pesimista es un optimista bien informado” llegué a la conclusión de que esa teoría era un bodrio y que la verdad era tan distinta y clara como el agua de un río estancado: mis hielos cristalizados, o sea mis sueños, requerían ser interpretados.
Comencé analizando la última película que había proyectado mientras dormía: la enfermedad y su mortífera cura. La incertidumbre del ambiente que caracteriza a los sueños interpretó a la perfección su papel en la película citada. Yo no tenía idea dónde estaba, aunque afortunadamente ver a mis padres acercándose a mí con el ceño fruncido y mirada destrozada me bastó para comprender la idea. Habían malas noticias, y a pesar de que no recuerde cuál de los dos me las dio, en mis memorias distingo los datos: me informaron que yo estaba siendo víctima de una terrible, crónica, degenerativa y terminal enfermedad. Me dijeron que tenía cáncer a la garganta y además me cohartaron de mi derecho a pensar en un subterfugio, ya que después de tirar la bomba informativa me replicaron su solución: me llevarían, el próximo viernes, a un doctor que me inyectaría en la nuca un líquido que me haría dormir para siempre. No me opuse ni dí mi opinión, sólo acaté y ordené en mi mente lo que debía hacer en mis próximos, y últimos, días de vida.
Emprendí el solitario camino de las despedidas resignado a que, en una semana, tendría que inefablemente morir. Mientras caminaba a la estación de metro más cercana comencé a percatarme del mal uso que había hecho de mi vida. Desperdicié demasiado tiempo siendo pasivo, sin decir lo que quería, rindiéndome a lo que la vida me trajera, lo cual no era mucho y que además me dejaba con un intenso sabor a vacío. Nunca fui un partidario del arrepentimiento, pues creo que la responsabilidad sobre los actos debe ser íntegra, y por lo tanto nadie debería hacer cosas de las cuales pudiese terminar arrepintiéndose. Pero, cuando hacía mi retrospectiva, me percaté de que sí habían cosas de las cuales debía arrepentirme. Cometí muchos errores, y para enmendarlos no fue suficiente, como yo creí, haberlos hecho sin la intención. Al llegar al metro mi mea culpa continuaba su curso.
Cargué mi tarjeta Bip con la adusta señora que atendía la boletería, y como solía hacer de manera educada, le agradecí. Este era un ejercicio que me encantaba realizar, pues las personas no están acostumbradas a escuchar gracias ni a que las traten bien, por lo mismo al gratificar su función se les puede arrancar notorias sonrisas.
Crucé el umbral colocando mi tarjeta frente al dispositivo que cobraba el pasaje y pasé de ser un transeúnte a pie a un viajero del metro… amaba ese cambio. Mientras viajaba por las estaciones de la línea 2 del Metro de Santiago (comenzando en el metro Departamental) una nostalgia sin núcleo para destruír me apuñaló: mis compañeros de vagón, casi todos sin educación, ya no me molestaban. ¿Por qué no me molestaban, si antes eran mi némesis diario? Fácil, pensé segundos después: era porque ya los extrañaba. Eran parte de mi costumbre, de mi día a día, y a pesar de que me desagradara su presencia y sus bolsos y olores característicos, no verlos más era un golpe nuevo del que no conocía dolor. Así mismo me ocurrió con las estaciones mientras las veía desaparecer por la ventana del metro. De los parlantes salió la frase anunciativa: Estación San Miguel. ¿Por qué el afán de comunicar esa estación si no había combinación en ella? Toda mi vida me lo había preguntado, pues era ilustre hijo de esa locomoción, sin embargo en la delgada línea que separaba la vida de la muerte llegué a la respuesta: también se anunciaban las estaciones importantes.
Al llegar a mi destino ya estaba consciente de mi nueva condición de “dead man walking”. El naufragio ambiguo de mi futuro no me afligía tanto como en un principio, puesto que el período de aceptación transcurrió en menos tiempo del que tenía estimado. Mi vida se convirtió en un mecanismo “express”, y yo, sólo tenía una semana.
Entré al colegio con una cruel falta de aire y una sensación parecida a la presencia de una juguera en mi estómago. Preparaba y le daba vueltas a muchas frases en mi mente para así dar cuenta a algunas personas de mi estado de cercanía al otro mundo. No sabía cómo iba a ser la reacción de aquellos cercanos a mí, sin embargo yo jugaba muy bien con mi pronóstico: ya lo estaba aceptando.
Me adentré al aula con paso de plomo y con el mismo rostro destrozado con que siempre llegaba. A raíz de eso, mi semblante a nadie le llamó en demasía la atención. Me senté y miré a mi alrededor, ¡las cosas estaban tan disímiles a la realidad! Con esta observación un nuevo golpe me llegó, esta vez a mi estómago, órgano que manifestaba las maneras de mi corazón. No me había imaginado cuánto iba a extrañar esas cuatro paredes, a los alumnos que las llenaban y a las tediosas tareas que dentro de ella hacía resignado. No, no lo había pensado, y hacerlo me hizo aun peor.
Dentro del transcurso de la hora le comenté fríamente mi situación a algunos de los seres que dentro de allí se encontraban. “Te extrañaré”, dijeron algunos. Los afectados recibieron la noticia igual que como si yo les hubiera dicho que me cambiaba de colegio. Y yo, dentro de mí, preferí no darle importancia. “Mejor –pensé orgulloso. Así me voy sin tener que preocuparme de quienes dejo acá abajo”.
De repente recordé mi porvenir de día viernes, la aguja que en mi cuello depositaría mi sueño eterno. ¡Qué dolor iba a sentir! La muerte no me aterraba, ya que con cada minuto que pasaba más arraigada la llevaba a mí. Pero el dolor de esa inyección, los segundos que iba a pasar dentro de la transacción entre la vida y la muerte; eso era lo que me horrorizaba.
Lo comenté por msn con el ser ausente. Preferí que nos juntáramos para así darle la noticia como correspondía, sin una pantalla de por medio. Recuerdo haberle estado contando cuando una llamada a su celular llegó. Las lágrimas aparecieron en mí después de un par de días desde la noticia, y necesité recibir un par de palabras de aliento, aunque como contraposición tuviera la barrera que aquel celular creaba, esa conversación romántica que era más importante que mi situación de futuro novio de la eternidad. Mientras su conversación seguía el acalorado curso del amor, me precipité en busca de un abrazo, a lo que me respondió:
- ¿Por qué estás tan seguro de lo que me dijiste? –dijo serio.
- Porque me lo dijeron, sé que es cierto. Me queda menos de una semana –dije desesperado.
- Pero, a ver. ¿Acaso viste los exámenes de tu supuesta enfermedad? –dijo mientras una sonrisa se apoderaba de su rostro.
- No.
Siguió conversando y yo, perplejo con la pregunta, me quedé pensando. ¿Y si no estoy enfermo? Nadie me lo ha asegurado, no tengo pruebas concretas de ello. ¡Quizás no tenga que morir! La aguja puede ser innecesaria. Quizás… Tal vez… ¿quién sabe?
No recuerdo más. Sólo sé que desperté exaltadísimo y con un resabio amargo en la garganta.
Con el fin de interpretarlo, le quité el esqueleto a mi sueño y me quedó lo siguiente: mis padres me anunciaron un diagnóstico que implicaba mi partida hacia otra esfera, por lo que debía despedirme de quienes en esta esfera me importaron, sin embargo uno de ellos puso en duda mi enfermedad cambiando por completo mi resignación y dándome la esperanza de que, en última instancia, podía vivir en ambas esferas a la vez sin perder a nadie.
La lluvia cesó pero el sol no salió de entre las nubes. El cigarro que prendí como defensa de los ruidos terminó por acabar. Y yo concluí, como siempre, con la mirada pegada en un punto y preguntándome: ¿será necesaria mi transición al otro mundo?