domingo, 25 de noviembre de 2007

"Costumbre"

"Nothing to say..."

Te levantaste sabiendo que las páginas que llevaban días desplazadas seguían inconclusas. ¿Para qué molestarse?, dijiste.
Era mejor continuar con el aletargado ritual mañanero que terminaría llevándote al ensimismamiento crónico. Para los demás estabas bien y lo afirmabas sin problema. Te veías viejo, demacrado y sucio; mas no era un problema para ti. Yo sabía que el mecanismo que te permitía permanecer junto a nosotros estaba fallando por causas medianamente desconocidas. Estoy bien, replicaste cuando te pregunté si te había pasado algo. Terco y crudo como un cadáver de vaca preparándose para ser faenado.
Ambos conocíamos aquella complicidad, lo que yo sabía y tú no querías que supiera. A raíz de ello preferí esperar a que me lo dijeras, pero cuando entraste a la habitación donde guardabas tus hojas sin terminar ellas te cayeron encima, cortándote con sus bordes y aplastándote con su peso inverosímil.
Debería haber hablado antes.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

"Las manifestaciones ocultas de una realidad medianamente anhelada"

"Por fin subo algo que me gustó. Espero no ser el único al que le guste xD. Cuando terminen pensarán: ¿a quién no le ha pasado?"

Fue como la ruptura de una débil capa de plástico en cuya superficie habían cargadísimas bolas de acero. La lluvia cayó así, con la fuerza de las bolas acompañadas de su energía física destructiva. Hubieron segundos en que no pude escuchar más que el entrecortado sonido de las gotas en el tejado, y respondí al ruido, cansado y exasperado, prendiendo un cigarro. Maldije a Dios un par de veces, ya que de existir habría mandado esas nubes malditas justo encima mío, para interrumpirme cuando menos debía ser interrumpido. Estaba sufriendo, sí, y la lluvia se desplomó como la banda sonora perfecta para mi desgracia.
Aquella oscura tarde la dediqué al análisis de mis sueños, ¡tanto había de oculto en ellos! Llegué a pensar que el subconsciente era lejos lo más torcido que había sobre la faz de la tierra, puesto que ocultaba todo lo que acumulado por años guardamos en cajas que sellamos y sobre las que colocamos la palabra “deseos”, para después tirarlas al fondo del ático y así creer que las perderemos para siempre. Pero sin percatarse de que en los sueños los deseos se filtran desde nuestras cajas y entre adormecidas neuronas y venas hinchadas llegan cuando menos se espera. Muchas revelaciones arribaron por el método que describo, y aunque no crea en el destino, me atrevo a decir que mi subconsciente me llevó a vivir lo que mis sueños me advirtieron.
Había aspectos de mí que en status quo yacían sin vigilancia. Estas características detonaban en mí sórdidos sueños de terrible índole casi siempre relacionados con la muerte. En un principio me consolé pensando que al morir en un sueño uno se da más vida, pero como dice la frase “el pesimista es un optimista bien informado” llegué a la conclusión de que esa teoría era un bodrio y que la verdad era tan distinta y clara como el agua de un río estancado: mis hielos cristalizados, o sea mis sueños, requerían ser interpretados.
Comencé analizando la última película que había proyectado mientras dormía: la enfermedad y su mortífera cura. La incertidumbre del ambiente que caracteriza a los sueños interpretó a la perfección su papel en la película citada. Yo no tenía idea dónde estaba, aunque afortunadamente ver a mis padres acercándose a mí con el ceño fruncido y mirada destrozada me bastó para comprender la idea. Habían malas noticias, y a pesar de que no recuerde cuál de los dos me las dio, en mis memorias distingo los datos: me informaron que yo estaba siendo víctima de una terrible, crónica, degenerativa y terminal enfermedad. Me dijeron que tenía cáncer a la garganta y además me cohartaron de mi derecho a pensar en un subterfugio, ya que después de tirar la bomba informativa me replicaron su solución: me llevarían, el próximo viernes, a un doctor que me inyectaría en la nuca un líquido que me haría dormir para siempre. No me opuse ni dí mi opinión, sólo acaté y ordené en mi mente lo que debía hacer en mis próximos, y últimos, días de vida.
Emprendí el solitario camino de las despedidas resignado a que, en una semana, tendría que inefablemente morir. Mientras caminaba a la estación de metro más cercana comencé a percatarme del mal uso que había hecho de mi vida. Desperdicié demasiado tiempo siendo pasivo, sin decir lo que quería, rindiéndome a lo que la vida me trajera, lo cual no era mucho y que además me dejaba con un intenso sabor a vacío. Nunca fui un partidario del arrepentimiento, pues creo que la responsabilidad sobre los actos debe ser íntegra, y por lo tanto nadie debería hacer cosas de las cuales pudiese terminar arrepintiéndose. Pero, cuando hacía mi retrospectiva, me percaté de que sí habían cosas de las cuales debía arrepentirme. Cometí muchos errores, y para enmendarlos no fue suficiente, como yo creí, haberlos hecho sin la intención. Al llegar al metro mi mea culpa continuaba su curso.
Cargué mi tarjeta Bip con la adusta señora que atendía la boletería, y como solía hacer de manera educada, le agradecí. Este era un ejercicio que me encantaba realizar, pues las personas no están acostumbradas a escuchar gracias ni a que las traten bien, por lo mismo al gratificar su función se les puede arrancar notorias sonrisas.
Crucé el umbral colocando mi tarjeta frente al dispositivo que cobraba el pasaje y pasé de ser un transeúnte a pie a un viajero del metro… amaba ese cambio. Mientras viajaba por las estaciones de la línea 2 del Metro de Santiago (comenzando en el metro Departamental) una nostalgia sin núcleo para destruír me apuñaló: mis compañeros de vagón, casi todos sin educación, ya no me molestaban. ¿Por qué no me molestaban, si antes eran mi némesis diario? Fácil, pensé segundos después: era porque ya los extrañaba. Eran parte de mi costumbre, de mi día a día, y a pesar de que me desagradara su presencia y sus bolsos y olores característicos, no verlos más era un golpe nuevo del que no conocía dolor. Así mismo me ocurrió con las estaciones mientras las veía desaparecer por la ventana del metro. De los parlantes salió la frase anunciativa: Estación San Miguel. ¿Por qué el afán de comunicar esa estación si no había combinación en ella? Toda mi vida me lo había preguntado, pues era ilustre hijo de esa locomoción, sin embargo en la delgada línea que separaba la vida de la muerte llegué a la respuesta: también se anunciaban las estaciones importantes.
Al llegar a mi destino ya estaba consciente de mi nueva condición de “dead man walking”. El naufragio ambiguo de mi futuro no me afligía tanto como en un principio, puesto que el período de aceptación transcurrió en menos tiempo del que tenía estimado. Mi vida se convirtió en un mecanismo “express”, y yo, sólo tenía una semana.
Entré al colegio con una cruel falta de aire y una sensación parecida a la presencia de una juguera en mi estómago. Preparaba y le daba vueltas a muchas frases en mi mente para así dar cuenta a algunas personas de mi estado de cercanía al otro mundo. No sabía cómo iba a ser la reacción de aquellos cercanos a mí, sin embargo yo jugaba muy bien con mi pronóstico: ya lo estaba aceptando.
Me adentré al aula con paso de plomo y con el mismo rostro destrozado con que siempre llegaba. A raíz de eso, mi semblante a nadie le llamó en demasía la atención. Me senté y miré a mi alrededor, ¡las cosas estaban tan disímiles a la realidad! Con esta observación un nuevo golpe me llegó, esta vez a mi estómago, órgano que manifestaba las maneras de mi corazón. No me había imaginado cuánto iba a extrañar esas cuatro paredes, a los alumnos que las llenaban y a las tediosas tareas que dentro de ella hacía resignado. No, no lo había pensado, y hacerlo me hizo aun peor.
Dentro del transcurso de la hora le comenté fríamente mi situación a algunos de los seres que dentro de allí se encontraban. “Te extrañaré”, dijeron algunos. Los afectados recibieron la noticia igual que como si yo les hubiera dicho que me cambiaba de colegio. Y yo, dentro de mí, preferí no darle importancia. “Mejor –pensé orgulloso. Así me voy sin tener que preocuparme de quienes dejo acá abajo”.
De repente recordé mi porvenir de día viernes, la aguja que en mi cuello depositaría mi sueño eterno. ¡Qué dolor iba a sentir! La muerte no me aterraba, ya que con cada minuto que pasaba más arraigada la llevaba a mí. Pero el dolor de esa inyección, los segundos que iba a pasar dentro de la transacción entre la vida y la muerte; eso era lo que me horrorizaba.
Lo comenté por msn con el ser ausente. Preferí que nos juntáramos para así darle la noticia como correspondía, sin una pantalla de por medio. Recuerdo haberle estado contando cuando una llamada a su celular llegó. Las lágrimas aparecieron en mí después de un par de días desde la noticia, y necesité recibir un par de palabras de aliento, aunque como contraposición tuviera la barrera que aquel celular creaba, esa conversación romántica que era más importante que mi situación de futuro novio de la eternidad. Mientras su conversación seguía el acalorado curso del amor, me precipité en busca de un abrazo, a lo que me respondió:
- ¿Por qué estás tan seguro de lo que me dijiste? –dijo serio.
- Porque me lo dijeron, sé que es cierto. Me queda menos de una semana –dije desesperado.
- Pero, a ver. ¿Acaso viste los exámenes de tu supuesta enfermedad? –dijo mientras una sonrisa se apoderaba de su rostro.
- No.
Siguió conversando y yo, perplejo con la pregunta, me quedé pensando. ¿Y si no estoy enfermo? Nadie me lo ha asegurado, no tengo pruebas concretas de ello. ¡Quizás no tenga que morir! La aguja puede ser innecesaria. Quizás… Tal vez… ¿quién sabe?

No recuerdo más. Sólo sé que desperté exaltadísimo y con un resabio amargo en la garganta.
Con el fin de interpretarlo, le quité el esqueleto a mi sueño y me quedó lo siguiente: mis padres me anunciaron un diagnóstico que implicaba mi partida hacia otra esfera, por lo que debía despedirme de quienes en esta esfera me importaron, sin embargo uno de ellos puso en duda mi enfermedad cambiando por completo mi resignación y dándome la esperanza de que, en última instancia, podía vivir en ambas esferas a la vez sin perder a nadie.
La lluvia cesó pero el sol no salió de entre las nubes. El cigarro que prendí como defensa de los ruidos terminó por acabar. Y yo concluí, como siempre, con la mirada pegada en un punto y preguntándome: ¿será necesaria mi transición al otro mundo?

martes, 6 de noviembre de 2007

"El arte: palabra que no puede definir la Real Academia Española"

"No es de mis mejores textos, pero la idea me gustó y varía un poco comparándolo con los textos anteriores. Al menos cumplió con el objetivo que sale al final..."

Como muchas otras palabras, arte es de las que desconocemos su significado según diccionario. A fin de cuentas no importa, ya que no es necesario conocerlo. El arte es la puerta hacia el jardín de la honestidad, donde vaciamos todo lo oculto e interno de nosotros mismos. Se puede encontrar en distintas manifestaciones y formas, aunque todas convergen en el mismo ideal y objetivo: fusionar el mundo interno (del artista) con el externo, para así crear una mezcla afrodisíaca que sólo los más melancólicos y observadores seres humanos podrán interpretar o incluso hacer suyo.
Puede crearse con la imaginación, con la observación o, si nos vamos a una arista más abstracta, con los sentimientos.
Comienza a fluir en la sangre a partir de edades tempranas. Hay niños que desde sus primeros pasos revelan interés en el arte. Con servilletas crean formas que para el adulto son un simple rasgado, pero que para ellos representan un intento frustrado de mundo personal, una firma de íntimo descontento.
Con el paso de los años el niño (y esto no es improvisación, realmente ocurre) recorre las distintas áreas del arte, como la música, la escritura y la actuación, entre otras.
«Mamá, mamá. Cómprame un teclado» es lo primero que el niño dice. La mamá, mujer que al borde del divorcio y dentro de una lucha de adicciones se demuestra fría, sigue siéndolo, con el objetivo de desligarse del potencial artista comprándole el teclado, y creyendo que si es complacido, conseguirá su silencio y mucho más.
El niño pasó semanas intentando componer, poniendo los demos, probando las notas y jugando. Al cabo de un mes se hastió de sus continuos fracasos y decidió desistir de su cometido de ser músico. Abatido, llamó reiteradas veces a su madre y le dijo «Mamá, mamá. Cómprame un block con témperas». La madre, impactada por la inefectividad del teclado en el silencio y tranquilidad de su retoño, replicó «Hijo, pero prométeme que pintarás en el patio y que te entretendrá más de un mes». El niño, sin caber más en sí de la excitación gritó «Ya, mamá. Lo prometo». La madre fue en busca del block y las témperas, llegó a entregárselas al niño y él así comienzó su segundo intento.
En primer lugar, y como creo que el lector debe haber inferido, cabe mencionar que las sesiones de pintura no acontecieron en el patio como pidió la madre, sino en la alcoba del niño. Al principio, el niño no sabía qué plasmar, su imaginación de joven de ocho años no le daba muy buenas ideas. Miró por la ventana y pensó que el cielo junto a la cordillera era una buena opción, así que procedió a abrir las primeras témperas, a meter en ellas hasta el fondo el pincel y, ya que nadie le había enseñado sobre las cantidades de témpera, plasmó en la hoja de block unas manchas cafés, azules y verdes que se demoraron días en secar y que dejaron una huella irrefutable de su existencia: el piso y las paredes de la habitación quedaron manchadísimos. Apenas se secó su proyecto de cordillera soleada, y el niño se dio cuenta de su nuevo fracaso, desistió. Sólo duró cinco días.
Llamó nuevamente a su mamá, y ella llegó fumando su tercer cigarro seguido mientras ordenabaus ideas para atarantadamente comentarle «Hijo, te venía advirtiendo esto de hace algunos meses. Nos vamos de acá». El niño, indiferente al abandono que le harían a su padre dijo de manera interesada, como todos los jóvenes de su edad «Ya, nos vamos si me regalas una caja grande de cartón». «Perfecto» dijo la madre sin entender el por qué de la petición. Se fueron a vivir con unos familiares de la madre con quienes no había una convivencia aceptable, aunque como todo, al niño le daba lo mismo.
Transcurrieron meses y la caja no llegaba. El niño se desesperaba al ver avecinarse el año escolar, pues significaba que no podría realizar su tercer intento: hacer de la caja una televisión y animarla él mismo. La madre, harta de la insistencia de su hijo, le dijo de manera terminante «Ponte a estudiar. Ya no hay más vacaciones ni tiempo para tus proyectos estúpidos». El niño, decepcionado, se encerró en su habitación con la solitaria compañía de sus útiles escolares.
Sentía la necesidad de conversar, de comunicarse y expresar la frustración que sentía al no poder materializar sus ideas. Ofuscado, tomó un lápiz, abrió un cuaderno nuevo y comenzó a deslizar sus pastosos sentimientos en la hoja cuadriculada de él. Así descubrió que podía armar un mundo a base de palabras, que lo audiovisual no lo era todo, puesto que en esa área era dificilísimo rescatar los sentimientos, y eso era lo que más quería hacer.
Muchas veces tocaron su puerta mientras él se hacía el desentendido. Disfrutaba al máximo cuando veía sus ambiciosas ideas tomar forma tanto en su imaginación como en la hoja.
Escribió quinientas páginas en todo ese año escolar, los profesores y alumnos que lo leyeron decían exhaltados «Acabas de retratar fielmente a tu generación. ¡Te felicito!».
Con el paso de los años continuó creciendo, y el vicio de las letras no lo dejó jamás.
Así es como muchos de los niños adoptan sus posturas artísticas y se ven reflejados como pequeños y potenciales seres bohemios del mundo. Yo, como muchos otros niños con experiencias similares, me reconozco como un amante del arte y de toda el área humanista, ya que representa un escape que proporciona las armas necesarias para ser feliz y además actúa como el Dios para los creyentes: entrega algo a lo que aferrarse.

domingo, 4 de noviembre de 2007

"Sombras, sonidos sordos y el silencio"

"Me volví monotemático, pero eso no es lo peor. Lo peor es que el tema es no tener tema, es abusar de la carencia de sentido... o al menos eso prefiero pensar."

Mi día se redujo a una insustancial secuencia de imágenes sin sentido. Este grupo de segundos, minutos y horas se desordenó; es gráficamente un jugo en polvo recién revuelto que tarde o temprano terminará por decantar. Hay en mí sentimientos que se niegan a quitarme la razón, algo así como un pegamento que en su máximo esplendor mantiene funcionando a un deficiente engranaje en decadencia. No sabría decir, con certeza, si mi fidelidad y devoción por los sueños radica en la hermosa película que muestran, conjunto de escenas irreales que me mantienen vivo; o en el escape del que me proveen, un bien temporal y necesario.
Tal vez termine siendo culpable del cargo de honesto, recibiendo la pena máxima: el desplome del muro. «Juez -diré en aquel momento- apelaré a su criterio diciéndole que no me encontraba en mi sano juicio, que la barrera que dividía la realidad del sueño había caído irremediablemente, dejándome desnudo frente a quién no debía. Sé que la víctima no merecía leer aquellas mortíferas y delatoras palabras, esa confesión que la enredaría en el vértigo de la confusión. Siempre lo supe, mas ahora último terminé por procesarlo». Le rogaré que en mi nombre pida las disculpas pertinentes a los afectados, mientras yo debata en mi propio purgatorio cuál terminará por ser mi futuro: la realidad, o mi propio mundo onírico.
Un día más de sueño eterno y somnolencia interminable.