"Cuento con el que gané el interescolar de cuentos. Con los textos que he subido todos creerán que soy un asesino en serie, pero no es cierto. Lo subo por lo importante que es para mí, me ayudó a creer en mis capacidades, y casi me provoca un infarto al enterarme de que había ganado..."Poca nitidez, borrosidad, sueño. Sensaciones que exprimen mi mente, mientras que la vista, fija en el suelo de este templo de conocimientos básicos, tan solo reconoce azulejos.
Hace un minuto que entregué una prueba deficiente, una vez más. Cuando llamé a la concentración e intentaba inventar contenidos, no conseguía obviar el recuerdo de los gritos penetrantes que, invisibles, pero profundamente presentes y dañinos, salían de la pieza de mis padres y atravesaban las paredes huecas de mi habitación. Ésta era la razón por la que, naturalmente, no pude estudiar.
Continúo examinando el suelo. Hay mochilas arrinconadas y contiguas a cada banco, pertenecientes a los personajes que adornan mi atormentada existencia. Frente a mí, una pelirroja poseedora de un desplante físico impresionante, pero carente de neuronas. Se podría fácilmente describir como una preciosa caja de oro forjado por los mejores artesanos del mundo, pero con un interior vacío y harapiento.
Los tenues susurros, de eruditos, comentando el examen, me desconcentran y provocan un malestar indescriptible, y el silente deseo, sí, deseo, de hurtar todas esas guías, que cuidadosamente estudian, para quemarlas, con el fin de ver sus rostros, de desesperación, de odio, hacia mí.
El timbre suena con la idéntica monotonía que cada año me hace sentir más miserable, más esclavo de las costumbres. Tomo mi celular, absorto, y espero ver alguna llamada o mensaje. Como siempre, no hay nada.
No me desespero. En cambio, camino tranquilamente hacia la puerta, salgo y dejo que la luz me traspase, me viole, de la misma manera que lo hace cada perniciosa mañana.
A pesar de mi frialdad y distancia características, no niego que los niños me enternecen. Para mi relajo, el patio está lleno de ellos. Corren, saltan y juegan, completamente ajenos a lo que los rodea, a la asquerosidad de los seres aledaños. Disfrutan el estar inmersos en su inocencia, en el dulce y tranquilo mar sobre el que se alza un cielo despejado de color celeste profundo, no como el mío, que es presa de las peores tempestades y vive bajo un cielo gris cubierto de negras y violentas nubes.
Muchos de estos niños ya me conocen. Suelen verme cada tarde que descanso frente a ellos, mientras disfruto el ver lo que nunca pude ser, lo que me fue prohibido desde un principio… ser un niño.
Agradezco, sin embargo, el no ser parte de esas masas que a mis espaldas, aparentemente felices y ocultos bajo tristes y trizadas máscaras, juegan a ser grandes guiados por superficiales infantilismos.
El sol comienza a arder en mi piel, que aunque cubierta del bloqueador con máximo factor, es presa de los rayos que me comienzan a ultrajar desde que me expongo a ellos.
Al dar por finalizado mi ritual diario, cojo mis cosas y me retiro del recinto.
Las calles que rodean el establecimiento son objeto de mi máxima admiración. Las surcan verdes y altos árboles de distinta especie, que entre jardines dan una sombra ejemplar y perfecta, de esas que llaman a acompañarlas.
Los frívolos transeúntes continúan su camino, presos de torres de papel impresas con órdenes sin sentido, del deber impuesto e inconsistente, del deber al que los somete el dinero. No es que lo critique, no. Al contrario, me declaro como un amante de los papeles verdes con valor. Pero no son un objetivo en mi vida, sino un mediador entre mis necesidades y yo, un premio a mis esfuerzos.
Practico una de mis tantas costumbres, fijar mi vista en la vereda y evitar las uniones entre cuadrados, pisando siempre el centro de éstos. Al quinto paso, encogido de hombros y temblando, caigo sobre mí mismo y entonando el himno del sufrimiento, diviso por última vez el cielo azul que me protege y me viola, todo a un tiempo.
Al despertar, las horas transcurridas han mutado el agua con que me bañaba por una ducha desconocida, una ducha teléfono que musita órdenes a través del vapor. Tomo la toalla, me visto y sé con claridad lo que tengo que hacer.
Cubierto de la sensación característica del despertar, camino hacia la puerta, observando cuán familiar me es esta escena. Los mismos cuadros, alfombra y muebles que alguna vez visité en mis sueños. Recuerdo mi bolso, antes de irme, lo tomo y lo llevo conmigo.
El sol está por salir. Es temprano, demasiado temprano para mí.
Cierro la gran puerta a mis espaldas, y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro en la esquina de mi escuela, todavía vacía por la hora.
Entro con la calma habitual. Los pasillos se ven apacibles, tranquilos. No son los mismos en los que lloro desconsoladamente al percatarme de mi soledad. Son otros, más grandes y serios, más reales… Sí, ¡esta vez son reales!
Subo por las escaleras y miro hacia todos lados en busca de algún testigo de ésta, mi nueva realidad. Me adentro en mi aula. Vacía, como la escuela entera. Expectante y ansiosa, así la veo. Quiere recibir a los 43 alumnos que diariamente la maltratan, admite su masoquismo, y lo transmite a través de sus paredes.
Me siento. Los escritos en corrector del banco arruinan la escena, lo vuelven vulgar y patético, lo hacen parecer común, y es todo menos eso.
Me parece escuchar en este instante los gritos que, en otro tiempo, me decían: Damián, eres un imbécil. ¡Damián, despierta! Oye imbécil, ¿qué miras?... ¿Acaso no tienes amigos? Y yo, acostumbrado a tales exclamaciones, me hundía cada vez más en mis estudios y mi música, y ponía en ellos la esperanza de encontrar la salida de este antro.
Miro mi reloj, son las 7:25. Escucho los primeros pasos del día, me parecen conocidos, como si en estos 12 años de martirio se hubiesen vuelto familiares. Era él, el imbécil de siempre, aquel intento frustrado de celebridad.
Una vez más, como es rutina, se dirige hacia mí, diciendo: A veces me pregunto si te entregaron cariño en tu casa. Hoy llegué temprano solo porque hay examen, pero no me extraña en absoluto que sea ésta tu costumbre.
Siento que la cólera me abrasa. La ira viaja rápido por cada vena de mi desgastado cuerpo, y, por fin, alzado por el coraje, abro mi bolso y extraigo la automática que allí hay, casi por un impulso mecánico.
El tiempo parece detenerse. Apunto hacia él, y aunque no lo crean, considero incluso decir unas palabras, pero no le daría el gusto de saber razones, creo que las tiene claras. Aprieto el gatillo y las pálidas paredes se tiñen con el vino avinagrado que corría por sus venas, uno de los tantos que embriaga mi existir de aflicción.
Hace un minuto que entregué una prueba deficiente, una vez más. Cuando llamé a la concentración e intentaba inventar contenidos, no conseguía obviar el recuerdo de los gritos penetrantes que, invisibles, pero profundamente presentes y dañinos, salían de la pieza de mis padres y atravesaban las paredes huecas de mi habitación. Ésta era la razón por la que, naturalmente, no pude estudiar.
Continúo examinando el suelo. Hay mochilas arrinconadas y contiguas a cada banco, pertenecientes a los personajes que adornan mi atormentada existencia. Frente a mí, una pelirroja poseedora de un desplante físico impresionante, pero carente de neuronas. Se podría fácilmente describir como una preciosa caja de oro forjado por los mejores artesanos del mundo, pero con un interior vacío y harapiento.
Los tenues susurros, de eruditos, comentando el examen, me desconcentran y provocan un malestar indescriptible, y el silente deseo, sí, deseo, de hurtar todas esas guías, que cuidadosamente estudian, para quemarlas, con el fin de ver sus rostros, de desesperación, de odio, hacia mí.
El timbre suena con la idéntica monotonía que cada año me hace sentir más miserable, más esclavo de las costumbres. Tomo mi celular, absorto, y espero ver alguna llamada o mensaje. Como siempre, no hay nada.
No me desespero. En cambio, camino tranquilamente hacia la puerta, salgo y dejo que la luz me traspase, me viole, de la misma manera que lo hace cada perniciosa mañana.
A pesar de mi frialdad y distancia características, no niego que los niños me enternecen. Para mi relajo, el patio está lleno de ellos. Corren, saltan y juegan, completamente ajenos a lo que los rodea, a la asquerosidad de los seres aledaños. Disfrutan el estar inmersos en su inocencia, en el dulce y tranquilo mar sobre el que se alza un cielo despejado de color celeste profundo, no como el mío, que es presa de las peores tempestades y vive bajo un cielo gris cubierto de negras y violentas nubes.
Muchos de estos niños ya me conocen. Suelen verme cada tarde que descanso frente a ellos, mientras disfruto el ver lo que nunca pude ser, lo que me fue prohibido desde un principio… ser un niño.
Agradezco, sin embargo, el no ser parte de esas masas que a mis espaldas, aparentemente felices y ocultos bajo tristes y trizadas máscaras, juegan a ser grandes guiados por superficiales infantilismos.
El sol comienza a arder en mi piel, que aunque cubierta del bloqueador con máximo factor, es presa de los rayos que me comienzan a ultrajar desde que me expongo a ellos.
Al dar por finalizado mi ritual diario, cojo mis cosas y me retiro del recinto.
Las calles que rodean el establecimiento son objeto de mi máxima admiración. Las surcan verdes y altos árboles de distinta especie, que entre jardines dan una sombra ejemplar y perfecta, de esas que llaman a acompañarlas.
Los frívolos transeúntes continúan su camino, presos de torres de papel impresas con órdenes sin sentido, del deber impuesto e inconsistente, del deber al que los somete el dinero. No es que lo critique, no. Al contrario, me declaro como un amante de los papeles verdes con valor. Pero no son un objetivo en mi vida, sino un mediador entre mis necesidades y yo, un premio a mis esfuerzos.
Practico una de mis tantas costumbres, fijar mi vista en la vereda y evitar las uniones entre cuadrados, pisando siempre el centro de éstos. Al quinto paso, encogido de hombros y temblando, caigo sobre mí mismo y entonando el himno del sufrimiento, diviso por última vez el cielo azul que me protege y me viola, todo a un tiempo.
Al despertar, las horas transcurridas han mutado el agua con que me bañaba por una ducha desconocida, una ducha teléfono que musita órdenes a través del vapor. Tomo la toalla, me visto y sé con claridad lo que tengo que hacer.
Cubierto de la sensación característica del despertar, camino hacia la puerta, observando cuán familiar me es esta escena. Los mismos cuadros, alfombra y muebles que alguna vez visité en mis sueños. Recuerdo mi bolso, antes de irme, lo tomo y lo llevo conmigo.
El sol está por salir. Es temprano, demasiado temprano para mí.
Cierro la gran puerta a mis espaldas, y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro en la esquina de mi escuela, todavía vacía por la hora.
Entro con la calma habitual. Los pasillos se ven apacibles, tranquilos. No son los mismos en los que lloro desconsoladamente al percatarme de mi soledad. Son otros, más grandes y serios, más reales… Sí, ¡esta vez son reales!
Subo por las escaleras y miro hacia todos lados en busca de algún testigo de ésta, mi nueva realidad. Me adentro en mi aula. Vacía, como la escuela entera. Expectante y ansiosa, así la veo. Quiere recibir a los 43 alumnos que diariamente la maltratan, admite su masoquismo, y lo transmite a través de sus paredes.
Me siento. Los escritos en corrector del banco arruinan la escena, lo vuelven vulgar y patético, lo hacen parecer común, y es todo menos eso.
Me parece escuchar en este instante los gritos que, en otro tiempo, me decían: Damián, eres un imbécil. ¡Damián, despierta! Oye imbécil, ¿qué miras?... ¿Acaso no tienes amigos? Y yo, acostumbrado a tales exclamaciones, me hundía cada vez más en mis estudios y mi música, y ponía en ellos la esperanza de encontrar la salida de este antro.
Miro mi reloj, son las 7:25. Escucho los primeros pasos del día, me parecen conocidos, como si en estos 12 años de martirio se hubiesen vuelto familiares. Era él, el imbécil de siempre, aquel intento frustrado de celebridad.
Una vez más, como es rutina, se dirige hacia mí, diciendo: A veces me pregunto si te entregaron cariño en tu casa. Hoy llegué temprano solo porque hay examen, pero no me extraña en absoluto que sea ésta tu costumbre.
Siento que la cólera me abrasa. La ira viaja rápido por cada vena de mi desgastado cuerpo, y, por fin, alzado por el coraje, abro mi bolso y extraigo la automática que allí hay, casi por un impulso mecánico.
El tiempo parece detenerse. Apunto hacia él, y aunque no lo crean, considero incluso decir unas palabras, pero no le daría el gusto de saber razones, creo que las tiene claras. Aprieto el gatillo y las pálidas paredes se tiñen con el vino avinagrado que corría por sus venas, uno de los tantos que embriaga mi existir de aflicción.
- Damián ¡Despierta!
Y acá estoy ahora, rodeado de doctores hablándome de un desmayo… en el patio, donde los niños juegan. No sé bien qué me sucedió, pero si algo tengo claro, es lo que haré al salir de esta consulta.

1 comentario:
Es curioso, pero he pensado cómo comentar tu creación sin ser ególatra (no se puede). Trato de calcular las palabras para ser honesta y a la vez pertinente, porque el temor de soltar al lobo que tanto trabajo me ha costado encerrar me paraliza un poco. De todos modos el lobo siempre mira por entre la reja. Verdad innegable: siempre se mueve inquieto porque extraña las sombras, la humedad, el frío, el olor de las hojas pudriéndose y haciéndose vida en la tierra callada del bosque. Sabe que ahí está...sabe que yo lo se.
Te felicito (lo inquietaste).
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